No es necesaria la luna para la transformación. Se da sola. O con una luna metafórica, una luna que más que un satélite es un hecho, o también puede ser un mambo personal. Pero esa luna, sea lo que sea, imposible a veces de definir, nos transforma. Nos lleva a olvidar a quienes queremos y a quienes no, a perder todo tipo de conciencia y a actuar por puro instinto. Ahora somos lobos.
El lobo puede lastimar y lastimarse, puede golpear a otros y golpearse a sí mismo. Es ciego. No ve a quien muerde, a quien patea, a quien hiere tal vez irreversiblemente. Simplemente lo hace. El lobo perdió el criterio, la función simbólica, la capacidad de razonar. El lobo carece de alma racional, diría Aristóteles, y se caracteriza por su alma intuitiva. Que, encima, a veces falla.
El lobo está acá.
Pero el estado lobo es temporal. Es imposible que permanezca. Lamentablemente (y ya van a entender por qué) después de un rato, el lobo vuelve a persona, vuelve a su eje, ya no está más fuera de sí. Es conciente de su alma racional, de sus afectos, de lo que se debe y lo que no. Pero, además, ahora siente. Siente cuando se percata de todo lo que hizo y dijo. Siente cuando no puede creer haber llegado a tanto. Siente cuando se da cuenta que el cuento del hombre-lobo no era solo un cuento ni un personaje llamado Lupin en Harry Potter. El lobo está, ataca, atrapa, asusta, mata, acecha.
El ex-lobo desearía haberse quedado en su estado anterior. Vivía las emociones al extremo y, además, no era consciente del daño que hacía. Estaba bien en su feliz ignorancia. Ahora está arrepentido. Y ya nada puede hacer. Sólo preguntarse: ¿lobo está?, responderse que sí, y no entender cómo fue que de la nada desapareció. Y que algún amigo sabio le conteste: y sí, ninguna fase de la luna va a perdurar por siempre.
Entonces el hombrelobo aprende a tenerle miedo a la luna llena, a adorar las noches nubladas y a decidir permanecer en una casa en cada una de esas fases. Lo que no entiende es que ocultándose nada soluciona... la transformación es, lamentablemente, inevitable. (o eso le gusta creer, porque bien en el fondo, esas explosiones son las que mantienen viva su especie, y lo último que desea es desaparecer)