porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar

16.3.17

Intensa

Me agota ser así de intensa. Y no hablo de la intensidad que se le atribuye a alguien para no decirle "pesado" (aunque probablemente también la tenga), sino de esa característica que me lleva a sentir mucho todo el tiempo. Es extraño: sentir me fascina y no me cansaría nunca; pero lo que se me torna angustiante es contenerme las acciones a partir de esas emociones que disparan como fuegos artificiales en los 90. Disimular ante mi vieja que estoy deprimida y muy triste; ante mi viejo que quiero largar todo a la mierda; ante el que me gusta que me encanta fuerte a pesar de que lo conozco hace dos semanas; ante mi jefe que me tiene los ovarios a punto de explotar. Vivir disimulando. Vivir fingiendo sentir "normal", poco, tranca. Vivir apaciguando los fuegos que me queman adentro.
Ese es el tema, no se deja de sentir, solo se exterioriza menos. Cada vez soy menos fiel a lo que realmente me pasa porque me parece que estoy re zarpada. Y si lo estoy, ¿qué? Te aseguro que me divierto mucho más que vos, computadorita mental que nada te penetra. 

Lo bueno de vivir alterada es que me voy a morir tranquila.

2.1.17

Amor de viaje, para qué te traje

Paula está enamorada de Nicolás, pero él tiene novia. Un viaje de estudio los unió. Solo un viaje.

"Ayer pensaba, y no como cursilería tuiteable sino como irremediable y cruda verdad, que es menos doloroso extrañar lejos que extrañar cerca. Verlo a Nico en la facultad después de haberlo sentido tan mío, fue una de las angustias más grandes del último tiempo. Y, otra vez, juro que sin querer ser cursi: me refiero a esas angustias que se sienten en el pecho, como un frío y una presión y una cosa medio indescriptible, que incluye algo parecido a ganas de llorar, pero ni siquiera, porque es peor, porque el llanto no sale. 

Entonces, decía, esa sensación que ya me pasaba antes del viaje, de tenerlo en el banco de al lado y querer tocarlo; ahora es mil veces peor, porque ya lo toqué, mucho, todo; ya fue enteramente mío en todos los ángulos posibles, y con tan solo un micro de varias horas, ahora ni un roce, ni una mano, ni un beso escondido de esos que ya quejosos por querer amarnos sin carpa nos dábamos en la playa. 

Así es como parece mucho más leve el hecho de ni siquiera verlo. De tenerlo físicamente lejos. Tenerlo al lado y no poder hacer nada es el recordatorio constante de que no es mío. La distancia, quizás, me haga pensar en otras cosas. O al menos olvidar lo que me falta, deshacerme de la evidencia diaria de lo que me hizo tan bien y ya no tengo. La prueba constante de que en realidad nunca lo tuve. 

Seguro que, como siempre, la novela es más mía que suya. Pero una parte de mí siente que algo de todo es recíproco. Él se encargó de demostrarlo con palabras o acciones esporádicas mezcladas con indicios de que pisábamos Buenos Aires y era el final. Es que quizás lo peor de todo sea que ni yo encuentro la fórmula perfecta del después, que en estos Malos Aires entiendo que no hay modo de complementarnos; no por nuestras almas y nuestros cuerpos; sino por nuestras vidas.

Los viajes siempre son paréntesis, pero los amores en los viajes lo son aún más. Lo peor es que uno lo sabe y cae igual. Lo segundo peor es que me llenaron de "te lo dije", y yo ya lo sabía. Y lo tercero peor es que ahora me voy de viaje de vuelta y tengo miedo de que sea lo único de la realidad que se meta en este nuevo paréntesis."

25.10.16

Velorio de disfraces

Laura le escribe un mensaje a Federico, que la dejó hace dos semanas. Está borracha, sino no lo haría, o tal vez sí pero con alguna excusa, y no un simple "te quiero ver". Él no le responde, ni al día siguiente, ni al otro. Laura llora y se arrepiente. Un año después, le escribe exactamente el mismo mensaje. Pero sin culpa, ni alcohol, ni reales ganas de verlo; sólo con aburrimiento, sólo por tirar un tiro; sin miedo a la respuesta ni tampoco a la no respuesta; porque ya está más allá y se olvidó y no le importa.

A las pocas semanas, un lunes cualquiera, abre su placard y se pone la remera de su ex. Primero, en realidad, ni se da cuenta de que es de Federico. Es la primera que está en la fila y no quiere hacer la de siempre, de sacar algo de abajo y desordenar todo (porque no existe la opción de hacerlo de manera prolija). Pero a los dos minutos se da cuenta, y sonríe mientras exhala aire por la nariz. También mueve un poco la cabeza haciendo el gesto de "no", y sigue con lo suyo: cocinar. Bah, "cocinar". Poner el agua para prepararse unas salchichas. Recién a los nueve minutos, con el agua hirviendo, entiende por qué esa expresión, por qué esa risa mezcla de nostalgia, amor y superación. Porque recuerda cuando usaba esa remera como aquello único que le quedaba de él, como algo a lo que aferrarse; se ve a ella cómo literalmente se daba un abrazo a sí misma porque tenía esa remera, y esa remera era él. Y la usaba desde el amor más absoluto y enfermo, más intenso y angustiante. Y ahora la vestía sin querer. 

Se sirve las salchichas, no hay pan para hacer panchos, entonces nomás las come con mayonesa. Le parece una cena re simple pero cumplidora, además las salchichas le encantan, y mejor comer rápido así se va a dormir que mañana le espera otro día largo de hacer muchas cosas. Pero entonces recuerda que el año anterior, esa misma comida hubiera sido fruto de semanas de angustia y de "tener que comer algo". De cuando no tenía hambre de tanto llorar y la mamá la obligaba, entonces solucionaba con lo más fácil. Se ríe otra vez. Se ríe porque entiende que la locura y la paz se manifiestan exactamente igual. Que el enfermo de amor y el que ya soltó se comportan del mismo modo. Un alma en pena y un ser feliz con el mismo disfraz, pero con sentimientos opuestos. 

Una hermosa confusión para el que está del otro lado. Y bue. Ahora te toca a vos.

12.10.16

La caja de Pandora

Tengo ocho encendedores perdidos por mi habitación, cincuenta y cuatro remeras que no uso pero me cuelgo en regalar, cuatro peluches. Once cuadernos con apenas unas pocas páginas utilizadas: soy fanática de empezarlos y proponer una conducta de escritura. Sucede que finalmente reniego con siempre colgarme a los dos o tres textos. Cuatro ya es un logro. Que en este voy a anotar mis sueños de cada noche, que acá voy a poner lo que haga cada día para flashearme en un futuro, que en el de tapa rosa voy a transcribir partes de libros que me gustan. 

También tengo una caja imaginaria donde guardo todas mis desilusiones. Ahí están los besos que no fueron, mezclados con todos esos que sí pero que no me hicieron sentir. También andan por ahí los ratos de tener al lado a ese "alguien" y no poder hacer nada. Esos momentos en los que pareciera que con un roce silencioso y totalmente naif, te conformarías. Pero, obviamente, no. Porque hay personas que no te completan nunca, y no por vacías, sino justamente porque son tan perfectas para uno, que pareciera que siempre pueden darte un poco más. Esas personas enferman; pero de esas enfermedades que no te podés curar porque ellos mismos te dan aspirinetas que no sólo te gustan, sino que te hacen sentir bien por un ratito. Viviría a base de sus desengaños y sus aspirinetas. Es la gente por la que escriben los escritores y cantan los cantantes. 

Decidí meter en la caja, además, los pedacitos de los que nunca fueron. Esos por los que ni escribí, ni escuché música, ni elegí salir a dar una vuelta con mi perra. En los que busqué cielo y encontré un desierto. Hace dos meses y medio, archivé al que confundía ser sincero con ser cruel y desgarrador. No saben lo simpático que quedaba diciendo "yo voy de frente" mientras me metía un cuchillo en el corazón. Lo bueno de la vida es que siempre te quedás con algo de la gente. Entonces guardo esas partes ahí. Acumuladas con todo lo otro. Un menjunje delicioso que me hace quien soy. Porque somos más por lo que no fue, que por lo que fue. 

Esta caja sería perfecta si tan sólo pudiera revolver su contenido. Sólo guarda, y ni sé si se puede abrir, porque nunca la encontré. Por eso escriben los escritores y cantan los cantantes. Porque sólo así se releen las frustraciones y se aprende. O por lo menos se vuelve a sentir, que aunque sea triste, como siempre digo: es mejor que nada.

14.9.16

Croquis de una angustia

Los brazos de mamá. O de papá. Mi cama (abajo de la sábana, y la frazada, y el acolchado, y si es abrazada a mi peluche, mejor). Sus brazos. Los brazos de alguien que imagino pero no sé cómo es. Los brazos de alguien que ni imagino. Hacerme una bolita en el piso, boca abajo.

Cerrar los ojos bien fuerte, taparme la cara, como si no viendo yo dejara de ser vista. Como si desapareciera. En un abrazo, en mi cama, en el piso. A veces sólo sintiendo que no estamos es que no duele lo que duele. 

O dormir. La solución más eficaz y efímera de todos los problemas. En ese rato, es como si jamás hubieran existido: pero tampoco hay conciencia como para disfrutar de esa anhelada liviandad. En realidad, el momento de placer es después y más corto: cuando me despierto, esos segundos en los que todavía no me acuerdo la mierda que anoche me apretaba el pecho. Bueno, "anoche": cuando la mierda es tanta, a veces uno se acuesta a dormir a cualquier hora del día, sólo para poder respirar un rato.

Y el pensamiento que aparece siempre en los malos momentos: ¡qué feliz era antes de esto! Y después la noción de que ni era tan feliz, porque no me daba cuenta. Y la bronca por eso, y las ganas de volver, y la sensación de que cuando esto pase (¿va a pasar?) voy a aprender a realmente disfrutar que todo siga igual de bien.

Y por último, lo peor de todo, eso: que quizás no pase, que hay males que llegan para quedarse, que lo único que podemos hacer es hacerlos ponerse cómodos y aprender a convivirlos. Hay discursos simpáticos que hablan de combatir todo y luchar, pero a veces la mejor lucha es asumir y seguir. Agarrar la flecha que me clavaron en el pecho y usarla de bastón. O guardarla para tirársela a todas las otras cosas que haya que combatir después. Porque sí, obvio, esto sigue. 

Y qué bueno que siga... PROBLEMA en serio es que deje de seguir.