porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar

13.6.14

Alcohol

Como cuando tomás un poco de más y la vuelta en taxi se hace insoportable por ese esfuerzo casi sobrehumano de fijar la mirada en la senda peatonal, la esquina, el quiosco, la estación de servicio, el semáforo; todo para no marearte. Pero esta vez es con otra cosa: te empeñás en detener los ojos en lo negativo, en el motivo del chau, porque escabiaste recuerdos de más. Y marearte te puede llevar a hacer una (otra) llamada pelotuda.

Te sale más o menos bien, apagás la música que es la barra de los recuerdos porque ya estás demasiado ebria de él. O de tu memoria de él, que definitivamente es mucho mejor y mucho peor que él en sí mismo: de repente los momentos llanos se vuelven de película y color rosa; y los de mierda, mucho peor (de alguna manera hay que justificar la distancia, sino la culpa ahoga y el alma explota de angustia).

Seguís en el taxi, al fin y al cabo vas para tu casa, donde el mundo cobra sentido, donde te das cuenta que tomes lo que tomes, fernet con coca o fernet con recuerdos, todo sigue siempre igual. Elegís cerrar los ojos, pero te das cuenta que mejor no: así te mareás más y capaz que vomitás. Y vomitar recuerdos es quedarse vacío... Y aunque te perturbe tener todo eso adentro, siempre lo supiste: no tener nada es mucho peor. 

30.5.14

¿De quién son?

Ahora me doy cuenta de cómo mira la gente. Alcanza con detenerse en sus ojos por un rato. Cada cosa que recorren con ellos tiene una lógica, y con ella el tiempo que le dedican. No existe el “mirar nada”, ni tampoco “mirar todo”. Esos suelen estar pensando en otra cosa (mirando para adentro, quizás) y van con los ojos de acá para allá en un inconciente e inútil afán de disimular. Otros van a lo fijo: ahí es cuando los motivos de dónde posan sus pupilas pasan a ser obvios (alcanza con detenerse en sus ojos por un rato). No tuve ganas de darme cuenta que una chica con uniforme de colegio miraba con asco y curiosidad a una mujer de rasgos indígenas darle la teta a su bebé. ¿Si disimulaba? Sí, trataba. Pero disimular y que se note es mucho peor que no disimular. Como cuando te tropezás y te levantás rápido. 

 No sé si quiero saber tanto. Pero más me molesta darme cuenta que yo estoy haciendo exactamente lo mismo, mirando ajenamente a la chica en uniforme, a la que le da la teta a su bebé, a la vieja que tengo sentada al lado, al pibe con gorro escuchando música… Pero con la excusa de estar observando algo para después narrarlo y perpetuarlo. Lograr fijar ese espacio-tiempo que no tiene ni un tiempo ni un espacio. Que es todo y es la nada misma. Que, justamente, se mira pero no se toca.

Mientras, no puedo dejar de sorprenderme de esa gente que no para de mirar. A tal punto que la señora que tengo sentada a mi derecha me intimida a la hora de escribir esto en mi celular (quise hacerlo en un cuaderno pero seguía con mucha facilidad –y nada de disimulo- cada trazo de mi lapicera, por lo que se iba a dar cuenta de que, de alguna u otra forma, estaba escribiendo sobre ella). Entre todo eso descubro unas retinas que no juzgan. Que no puedo descifrar los motivos que las llevan a quedarse poco o mucho tiempo en cada cosa. Que de repente pasa el mismo rato mirando un botón negro que una persona con el pelo de 6 colores distintos hablando a los gritos. Todo es igual de sorprendente e igual de bueno. Entonces nos colgamos, retina con retina, con esa beba, como conectándonos, como si ella me entendiera todo lo que estoy pensando acerca de esa gente que no para de mirar así. Pero, como con todo, su mirada sobre la mía dura unos segundos y se va con el marco de una ventana o quizás hacia una plaza llena de toboganes del otro lado del vidrio. 

 La señora de rulos sentada a mi lado ya me hace sentir incómoda. No sé si yo estoy demasiado perceptiva, pero empiezo a sentir que todas las personas saben lo que estoy pensando sobre ellas. Así como yo puedo entenderles todo, ellos pueden hacerlo conmigo. Aunque, por momentos la mujer parece ni saber que estoy sentada a su lado, que tengo el celular en la mano y que lo saco y lo dejo a medida que se me ocurren cosas para seguir con esto. Está como dos minutos seguidos haciéndole caras ridículas a la beba. La madre de la misma no le responde con sonrisas ni nada, por lo que me parece un poco freak que siga tanto tiempo. La nenita no está ni cerca de mi percepción: se ríe, aplaude, balbucea. 

Sin embargo, algo que pasa a los minutos modifica mi teoría. La bebita sí se detiene más tiempo a mirar algo: dos nenas de unos 6 años que acaban de subir y no paran de hablar. No les puede sacar los ojos de encima. Mira su conversación como árbitro de partido de tenis. Otros seres no contaminados (o al menos no como yo, pero quizás un poco más que la beba). Apenas se bajan las dos chicas, la bebita hace puchero. Estímulo-Respuesta. Simple. Obvio. Puro. 

La vieja freak me pide permiso para pasar, se quiere bajar. Yo, como siempre, no me levanto; me pongo de costado, corriendo las piernas. Sé que queda medio descortés pero tengo concluido que el espacio que le va a quedar para pasar es el mismo, y yo así estoy más cómoda. Desde al lado de la puerta le sigue haciendo caras a la beba. Ella, otra vez, no hace más que reírse. Cuando por fin se baja la señora, que ya me siento más cómoda para seguir con mi ¿absurdo? relato, vuelvo a cruzar miradas con la nenita. Pienso, sin darme cuenta, que sería genial que le saque yo también una sonrisa como para cerrar la historia así como a mí me gusta, con una moraleja, a lo Cris Morena… no pasa. Ella es la única que de verdad me puede leer a mí, pero ya estoy contaminada. A ella la leemos todos, obvio. Pero no tiene nada que esconder. 

Perdón.

22.5.14

Y la cruel resignación?

Esa mañana se levantó con la sensación de que ese día iba a ser el que hacía tanto estaba esperando; el que por fin le cambiaría la vida. Desde chica que lo esperaba, no porque no fuera feliz en la estabilidad de su rutina, sino porque estaba buscando tener una existencia merecedora de una película, de un libro, al menos de una nota en un diario. Eso era: no quería ser normal.  (¿Alguien realmente lo quiere?)

Se puso una camisa; nunca usa camisa. No desayunó porque jamás desayuna y "tampoco la pavada"; la gracia del cambio repentino en la línea de su futuro estaba en que fuera "un día como cualquier otro". Por eso, también, se puso unas Converse viejas y ni siquiera se peinó. Con ese mismo afán de "casual" que se vestía para las citas, así muy "ni me arreglé" pero en realidad habiendo pensado y analizado mil horas qué ponerse con el objetivo de lograr ese look "me puse lo primero que encontré". 

En el subte viajó apretada y le pareció que era una historia genial: un transporte incómodo, calor, fastidio del resto de los pasajeros, imposibilidad de cruzar ese cúmulo de gente para llegar a la puerta ("no puedo creer que estoy a un metro y, con todas las personas que tengo en el medio, me siento más lejos que Buenos Aires - Mar del Plata"). 

Sin embargo nada pasó. Ni al llegar a la facultad, ni en el colectivo de vuelta, y mucho menos cuando entró a su casa (le gusta su hogar porque está muy cómoda pero la inquieta la idea de que las cosas pasan de la puerta para afuera). Entonces se sentó en la computadora y empezó a escribir en tercera persona. 

Escribir es que de repente la no-historia se haga historia. Es que "un día como cualquier otro" parezca merecer ser puesto en palabras. Vuelve a uno más interesante. Y hace dar cuenta de cosas: capaz sos re feliz, pero todos los días te levantás pensando que ESE va a ser el día. 

No importa que pase o no pase. Ese ímpetu hace que tenga sentido. 

21.4.14

Bicibiografía

Respiré por primera vez el 26 de Mayo de 1994. Mi mamá dice que fue un parto normal, a diferencia del de Camila, tres años atrás, que fue un poco largo y complicado. Luciana, que llegaría casi dos años después, implicó todo lo contrario: junto con mi papá tendrían que irse a la clínica a las 6 de la mañana a las apuradas, dejándonos a mi hermana más grande y a mí en mi casa a cuidado de Doña Carmen, la vecina.

Mis viejos se casaron con la presencia de un cura y un rabino. Cuando tomé conciencia de las barreras que a veces implica la religión, comencé a enorgullecerme de la relación de mis papás, de su casamiento, y de esa foto que apenas vi una vez de los dos referentes espirituales fundidos en un abrazo. No creo en ninguna de las dos religiones, pero me siento un poquito de ambas; me gusta la mística, la historia y la tradición del judaísmo, y me sensibiliza la unión familiar que implican fechas como Navidad o Pascuas. Suelo decir que soy mitad judía y mitad católica, más que nada para inquietar a las mentes cerradas que no pueden tolerar cosas así.

Así como mi nacimiento fue el más fácil de los tres, en vida resulté la más complicada. No lo digo yo, o sí; pero también lo sabe cualquiera que conozca mi familia. En chiste, pero sé que es de verdad, suelo decir que soy la oveja negra: mis papás se conocieron jugando al voley, Camila estuvo en la Selección Argentina y se fue a estudiar, por eso, a Estados Unidos; Luciana también juega. A mí me gusta el fútbol. Además mis hermanas son más de los números, de los silencios, del perfil bajo, de la templanza. Yo soy de las letras, la verborragia, la extroversión y el desenfreno. Soy la que, lejos, más fastidios les trajo a mis viejos, más peleas, y también más discusiones: pienso bastante distinto a ellos, además de que siempre trato de discutir absolutamente todo (al punto de que a veces no sé bien qué es lo que pienso yo, además de “lo contrario a lo que piense el otro”).

Igual, tengo entendido que desde chiquita soy inquieta y relativamente molesta. Me llevaron al jardín de infantes con dos años recién cumplidos porque mi mamá estaba en mi casa con Luciana recién nacida y yo me aburría y pedía con locura ir. Ahí entré a Hombre Nuevo, la escuela de mis amores, donde estuve hasta los doce años y, además de ser parte de mi familia, me dio a mis amigos de la vida. Después fui a Ecos, mejor conocido como “el de la tragedia”, por el accidente ocurrido el 8 de Octubre del 2006 donde murieron 9 chicos y una profesora por un choque en Santa Fe. Terminé la secundaria y también me llevé grandes amigos de ahí, y después decidí empezar a estudiar Ciencias de la Comunicación en la UBA y Periodismo en TEA. La privada la termino este año, la otra espero terminarla antes de jubilarme.

De amor no hablo porque estoy más lejos que de recibirme. 

19.4.14

Toco de ojo

A mí me enseñaron que un color, señalándome objetos, se llamaba, por ejemplo, "rojo". Pero, ¿qué me dice que vos ves al rojo como lo veo yo? Quiero decir, quizás te enseñaron que "eso" se llamaba "rojo" pero tal vez vos lo ves como yo veo el azul. Pero los dos le decimos "rojo". Y nunca vamos a terminar de saberlo. 

Entonces de repente pensé que -claro que iba a saltar con esto- igual pasa con el amor. Que "amor" no es más que una palabra que se le adjudica a un sentimiento, pero que en realidad no existe tal como "uno solo", sino que cada uno elige ponérselo de título a lo que le parece, y que entonces debatir sobre él y pretender llegar a un acuerdo es bastante iluso. Es cierto que hay ciertas cosas que se generalizan sobre su significado: está claro que es algo que despierta atracción, que moviliza, que así como da felicidad; inquieta. Que llena, que hace sonreír, que se besa. Pero quizás para un ama de casa todo eso le significa un tipo que le da seguridad, comodidad, abrazos y es buen padre; mientras que puede ser que otra mujer encuentre el "amor" en un hombre que la hace sentir una princesa, le regala cosas, es caballero y la lleva a recorrer el mundo; y tal vez una piba halle todo esta cuestión en el pibe que no tiene más que besos, una Quilmes bien fría y una guitarra para tocarle su canción preferida de Las Pastillas.

Creo que la clave de todo esto está en que las dos personas envueltas en dicho sentimiento tengan la misma percepción, o al menos similar. Así como dos diseñadores de ropa deberían tener la misma visión de "rojo" cuando hagan su nueva colección para que no quede cualquier cosa o no terminen de los pelos.

La diferencia acá es que con los colores pasa que ya no hay más por conocer; no existe ningún tono que no te suene familiar, que no sea parecido a otro o una mezcla entre dos. Con el amor nada que ver, siempre puede aparecer algún loquito en zapatillas que no solo te muestre un color nuevo, sino que te arme un arcoiris que jamás viste en tu vida (y tampoco te hubieras imaginado).