Esa mañana se levantó con la sensación de que ese día iba a ser el que hacía tanto estaba esperando; el que por fin le cambiaría la vida. Desde chica que lo esperaba, no porque no fuera feliz en la estabilidad de su rutina, sino porque estaba buscando tener una existencia merecedora de una película, de un libro, al menos de una nota en un diario. Eso era: no quería ser normal. (¿Alguien realmente lo quiere?)
Se puso una camisa; nunca usa camisa. No desayunó porque jamás desayuna y "tampoco la pavada"; la gracia del cambio repentino en la línea de su futuro estaba en que fuera "un día como cualquier otro". Por eso, también, se puso unas Converse viejas y ni siquiera se peinó. Con ese mismo afán de "casual" que se vestía para las citas, así muy "ni me arreglé" pero en realidad habiendo pensado y analizado mil horas qué ponerse con el objetivo de lograr ese look "me puse lo primero que encontré".
En el subte viajó apretada y le pareció que era una historia genial: un transporte incómodo, calor, fastidio del resto de los pasajeros, imposibilidad de cruzar ese cúmulo de gente para llegar a la puerta ("no puedo creer que estoy a un metro y, con todas las personas que tengo en el medio, me siento más lejos que Buenos Aires - Mar del Plata").
Sin embargo nada pasó. Ni al llegar a la facultad, ni en el colectivo de vuelta, y mucho menos cuando entró a su casa (le gusta su hogar porque está muy cómoda pero la inquieta la idea de que las cosas pasan de la puerta para afuera). Entonces se sentó en la computadora y empezó a escribir en tercera persona.
Escribir es que de repente la no-historia se haga historia. Es que "un día como cualquier otro" parezca merecer ser puesto en palabras. Vuelve a uno más interesante. Y hace dar cuenta de cosas: capaz sos re feliz, pero todos los días te levantás pensando que ESE va a ser el día.
No importa que pase o no pase. Ese ímpetu hace que tenga sentido.