Lo miré desde en frente, él estaba en el balcón, atrás del cartel amarillo que decía "alquiler temporario". En mayúscula. Con un número de teléfono debajo. La casa era antigua, como la mayoría de esa zona; la calle que me separaba de aquel hombre, de esas angostas pero muy transitadas, con muchos colectivos y gente. El reloj marcaba algo así como las diez. Yo estaba sentada en un umbral, con frío, de ese frío desubicado de verano que no te deja ponerte guantes porque te sentís más colgado todavía que la temperatura.
Lo vi justo en el momento que se prendió el cigarrillo. Ahí me percaté de su presencia, de todas formas recién salía del departamento hacia el balcón. Entre pitada y pitada no pasaba más de un segundo. En realidad menos. Era instantáneo. Seca, exhalación, seca, exhalación, y así, literalmente sin hueco temporal entre acción y acción, sin siquiera detenerse a mirar para abajo, o a suspirar aire puro, o a toser, o a tragar saliva.
Mi conocimiento de ese hombre duró no más de 30 segundos. Exactamente lo mismo que lo que le duró el cigarrillo, porque apenas lo terminó, lo tiró a la calle y entró nuevamente a su departamento. Quizás adentro estaba la novia sentada en el sillón y un test de embarazo reposando en el baño. Capaz que era solamente "la que me cogí anoche". O tal vez estaba jugando el club de sus amores un partido clave. O puede que simplemente fuera un fumador compulsivo obsesivo demasiado adicto que siempre fuma así. Qué se yo. Nunca lo voy a saber, probablemente nunca más lo vea. Y tampoco me preocupa demasiado.
Termina otro cuento que no es un cuento. Sin cierre, ilógico, de esas historias que decís "¿y entonces? ¿cuando viene el suceso?". No hay hecho. No siempre hay hecho. A veces, simplemente no pasa nada, y hay que mirar un poco, callarse la boca, y no esperar que suceda algo, sino dejar a la nada, ser. Porque de repente, sin que te dieras cuenta, y aunque sea solo por ese momento, la nada, es todo. Un efímero todo.