porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar

5.8.12

Una más de las melodías del mundo, allá va

Mientras algunos siguen tratando de ganarle a la muerte, lograr viajar en el tiempo y sentirse más jóvenes, entre otras cosas; otros entendieron que todas esas búsquedas son utopías y hay una manera (una sola) de lograr eso, y mucho más, y todo lo que quieras. La música.

Así como te trae de vuelta a quien se fue, como te lleva a otros tiempos, como te pone del mejor humor con “simplemente un par de acordes”, también hay una relación directa con el amor. Sí, qué paja hablar de amor, qué cursi, qué palabra de mierda, pero todos caímos, estamos cayendo o vamos a caer. O a subir. Bueno, eso depende de lo que crean que es ese tan desfigurado, toqueteado y malgastado concepto.

Las canciones que ayer te hacían soñar con algún día poder sentirlo y hoy te mueven el piso como nada haciendote pensar en esa persona y sintiendo que quien la escribió realmente habla de vos; quizás mañana te hagan llorar porque vas a estar solo y nunca más vas a volver a estar tan pleno como estabas antes y desearías volver a estar; y por ahí pasado mañana te hagan sentir vacío, simplemente vacío, y no triste, porque ya no sentís más nada, porque esa persona desapareció, porque ya no te tiembla ni el piso, ni las paredes, ni el corazón.

Es lo que dije siempre, la música es un arma de doble filo. Ayer te dio esperanza, hoy te hace feliz, mañana te angustia, pasado te recuerda lo que ya no te pasa más. Lo que sí: siempre hace. Pensar, sentir, sentir, sentir, sentir, sentir, pensar, sentir, sentir, sentir, sentir. Eso es la música. Por eso admiro a quienes la hacen, la tocan, la cantan y la escriben. Creo que no debe haber cosa más linda que poder generar lo más puro y sensible que hay en el mundo.

Y no sé cómo explicarte, porque sentirlo es mejor.

25.7.12

¿Para qué están los ojos? Para ver. ¿Y las manos? Para taparse los ojos.

Todos conocemos la frase “el que busca, encuentra”. Indica dos cosas: por un lado, siempre va a haber algo en lo que hurguemos que no nos guste. O sea, elegir no buscar es aceptar que pasan cosas que no queremos, siempre que no pasen en nuestros ojos. Hacerse el maduro diciendo que uno no se mete donde no lo llaman y citando la ya dicha frase estamos involucrándonos, casi sin querer, en otro famoso dicho: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y, para no perder el eje, estamos eligiendo ser el peor de todos los ciegos. Pero no importa, uno levanta la cabeza, se autoproclama “maduro”, y sigue contento con su vida, sin investigar en aquello que sabe que le va a dar una mala noticia.

Por otro lado, el dicho acerca de que quien se mete en lo que no le incumbe siempre va a descubrir algo desafortunado, sugiere que quien husmea en lo ajeno tiene un deseo inconsciente de encontrar algo. Puedo jurar leer las ganas en los ojos del que se metió en lo que no es suyo; esas ganas de encontrar algo, esa ansiedad, esa adrenalina que llega a su punto cúlmine cuando de repente lo supuestamente no querido, pero inconscientemente ansiado, se da a conocer.

Es entonces que empieza el revuelo interno, el quilombo en la cabeza, la calesita cerebral. Uno puede elegir hablar y plantear lo que pasa, o simplemente callarse y guardarse el sufrimiento para uno; quizás así, con el tiempo, pierda relevancia. También está la opción de si tener lo lamentablemente averiguado siempre presente o elegir borrarlo de la mente para así poder seguir con lo cotidiano, arrepintiéndose de meter la nariz donde no lo llamaron y eligiendo ser, ahora sí de forma totalmente consciente, el “peor ciego”.

Lo que sí, y no tengo dudas, es que a veces la incertidumbre, las dudas, el mambo en la cabeza, el asunto a resolver (pero sin resolver), genera cierto placer. Porque puede pasar un mes, o quizás una semana o un par de días y ya vas a estar explorando donde nadie te llamó y en realidad hay un cartel que sólo se lee con la spy pen que pide a gritos que VOS no te enteres de eso.

 El problema, en realidad, es que Wally sea tan fácil de encontrar, parezca tan a la vista, esté vestido tan diferente al resto y evidencie como que más allá de lo que vos podés saber, hay mucho atrás que nunca te vas a enterar. Ahí sos un pobre ciego por destino, aunque hayas hecho todo por poder ver.

27.6.12

Soy mi propia ley

De chica, un par de veces me pasó que mi papá me retaba porque alguna de mis hermanas le había contado su versión exagerada y, en muchos casos, inventada, de los hechos. Y yo lloraba. Lloraba por desilusión, porque ni siquiera él había tenido la curiosidad de escuchar lo que yo tenía para decir. Entonces decidía no gritar, no esforzarme porque me creyera o me escuchara. Le decía a todos sus retos que sí, que bueno, y después con una angustia inmensa, me encerraba.

Me encerraba y buscaba mi propia armonía. Me decía que Dios sabía cómo habían sido las cosas, que esta vez de verdad no tenía culpa, entonces tenía que estar tranquila, yo no había hecho nada. Y Dios lo sabía.

Creo que incluso me lo imaginaba con cara a Dios. Con el tiempo crecí. Algo. Quizás. Me hice biológicamente adulta, dios perdió la cara, y un par de cosas más también. Pero esas pequeñas injusticias que me hicieron llorar mucho de chica, pasaron a ser otro tipo de injusticias, algo más profundas, que también me hicieron llorar (aunque un poco menos y quizás sin tanto griterío) a pesar de los años que me cargué en la mochila.

El mecanismo fue el mismo, pero diferente. No busqué a dios esta vez. Me tuve a mí. Me dije y comprendí que yo hice lo que tenía a mi alcance, que no me equivoqué, que, otra vez, no supieron o no quisieron interpretarme. No hice nada mal. Y yo lo sé.

Por más que me duela, esta vez también encontré mi paz. Pero por mí misma. Quizás sí haya crecido un poco.

4.6.12

No-sé-qué

Un día me pregunté con qué se sentía. Con la cabeza, seguro que no. El corazón es un órgano. El alma no es más que un concepto inventado por los viejos filósofos para justificar algunas cosas que después se encargó de tomar la religión y modificar la ciencia; tampoco. Entonces decidí llamarle "no-sé-qué". Primero por la justificación obvia, no tiene entidad, no tiene ubicación, no tiene materia. Y segundo, porque realmente ese no-sé-qué no sabe. Nada. Solamente siente.

Hay relaciones que concluyen con la cabeza. Que por algún motivo, o varios, uno de los dos se da cuenta que no da para más y que hay que terminar. Suele ser en ese tipo de finales que la mente choca con el no-sé-qué. La parte pensante se opone al otro ser que formaba parte del vínculo, y, estúpidamente (pero, pobre, no le digan así, que no tiene la culpa de no poder pensar) el no-sé-qué se alía a ese enemigo de la conciencia. Entonces termina siendo una lucha entre el no-sé-qué y la propia mente. Entonces explotás.

Mentira, no explotás, eso es lo peor. Convivís entre un sí y un no constante, entre si accionar según una u otra de las partes. Por un lado, lo que debés. Por otro, lo que sentís. Y como resultado de ese encuentro, lo que querés, vos, sólo, indefenso, que aunque se pasaron la vida diciendote que poder sentir y elegir y pensar y razonar era la mayor virtud del ser humano, te das cuenta que si fueras un perrito que duerme la siesta y tiene quien le haga mimitos y el dé de comer, estarías mejor.

Es que el perro no conoce el no-sé-qué. Si lo conociera, nunca más disfrutaría del Dog-Chaw como si lo fuera todo. Sí, así como te pasó a vos, que estabas bien sin amar, que no lo necesitabas, pero que el no-sé-qué atrapó a tu cabeza por un tiempo, y te enamoraste, y ahora que todo se terminó sentís que nunca más vas a disfrutar de lo que antes te daba paz. Una puerta cuando está cerrada no evidencia un espacio vacío. Cuando la abriste, la llenaste. Si se vació, quedó abierta, ahora sí te está faltando algo.

6.5.12

La memoria no funca donde no estés vos

Involucrarme, amar, enterrarme, no querer salir. Aburrirme, escaparme, mentirme, esconderme. Y otra vez. Ese es mi karma. De ahí sí que no puedo salir. Karmas. Uno atrás de otro. Malas rachas, también buenas. Pero todas rachas. Rachas de un gran karma, que es más bien mi propia vida, todos mis días, mis horas, minutos y segundos. Hoy digo que son años de racha, algún día diré que décadas y desde la tumba seguramente voy a confesar haber vivido un karma de centenas. Es que sí, voy a estar así hasta muerta, cosa de no aburrirme. Igual ya estoy aburrida de siempre estar todo el tiempo cambiando. Es todo tan distinto siempre que ya es rutina andar cambiando y el karma se deskarma, lo permanentemente alterado pasa a ser normal porque es siempre así entonces un poco de rutina sería excepción, sería cambiar, sería sorprenderme. Para después volver a quejarme. No sé. Donde hubo fuego, cenizas vuelan. Lo que pasa es que el fuego no se apaga, y cuando se apague, voy a volar con las cenizas.