porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar

14.12.10

Abrazos a lo que fue

El sol se asoma por el horizonte, y un rato después ya está en lo más alto. Ilumina, marca su presencia, irradia luz. Sin embargo un rato después, empieza a caer, a descender, a esconderse. Un rato se saluda con la luna, se ven, se miran. Después el sol desaparece y predomina la noche. La oscuridad, los brillos. Surge un clima especial, que muchos aman, otros odian, y otros nunca van a entender.

El fuego se prende y parece interminable, sin embargo después de un tiempo se extinguió y sólo quedaron cenizas. Cenizas que son el rastro de algo que ya no es, pero que fue. El invierno se instala como eterno, el frío congela las almas, pero es definitivamente pasajero. El calendario lo dice. Y sí, increíblemente, termina. Aparecen las flores, las plantitas, los días largos. La primavera. Cuando recién uno se acostumbra, un golpe de calor te empuja al verano. Qué lindo que es el verano. Pero lo peor, para mí, es cuando empieza el otoño. Cuando al calor y a las buenas vibras de la estación del sol, la absorben las hojas secas, los crunchs. Que, sí, también tienen su encanto.

Ciclos, ciclos, ciclos. Todos empiezan con firmeza, pero en menos de lo que parecía que lo harían, terminan. Terminan para volver a empezar. Pero terminan dejando intriga, dejando duda, habiendo dejado mucho pero a la vez, la incógnita eterna de lo efímero. La sensación inevitable de que si fue, jamás va a volver a ser así, la aborrecida característica humana de no poder disfrutar el hecho de que haya estado y querer volver a prender el fuego, a subir al sol, a abrazar la noche, a retener el calor, a regar una plantita, a pisar una hoja y a ponerse un abrigo.

Eso es. Abrazamos porque no queremos soltar. Porque aunque "lo que esté por venir, sea lo mejor", lo que está ahora, es irremplazable. Termina, y ¿qué queda de eso? Creo que más que "¿qué es la vida?", los filósofos y los intelectuales deberían preguntarse eso. Qué queda de lo que fue. ¿Ya no es? Yo no creo. Todo sigue siendo de alguna u otra forma. No es efímero. Lo efímero está en los humanos. Sí, en nosotros.

1.12.10

Tecnicolor

Mariposas, las extraño en otoño, las deseo en invierno, y en primavera me agotan. Son lindas, me gusta su tierno revoloteo, me acaricia, también me hace cosquillas, pero por sobretodo: me inquieta. Me impacienta, me altera, me acelera, me da escalofríos. Por un rato, pienso que sería mejor tenerlas lejos, pero, Nati, ¿te acordás de cómo las extrañabas en otoño y cómo las deseabas en invierno?

Se suponía que estaban en la panza y yo las tengo por todo el cuerpo. Por una causa que no lo corresponde, por cualquier cosa, pero así estoy programada, ¿no? Para sentir las cosas en situaciones desubicadas, para sentirlas de otra manera, para que me alteren, inquieten, hasta casi molesten; para siempre estar deseando algo anterior.

Igual, estemos contentos, yo estoy contenta. Me gustan las mariposas. Me gusta que vuelen. Que me vuelen y revuelen. Que me inquieten. Me molesta. Pero me gusta, me encanta, me hace sentir. Y aunque pueden ver en esto algún costado pesimista y deprimente, las maripositas me ponen contenta, aunque más inquieta que de costumbre y sin saber cómo actuar. Hasta que se me destroce totalmente la mentira que me cree, voy a ver mariposas por todos lados. Hasta este texto, sumamente negro, yo, lo veo colorido y con bichitos pintando las letras.

Cualquiera confundiría a los bichitos con polillas. ¡No! Son mariposas.

17.11.10

Hoy estás del otro lado

Parece que está de moda vestirse de mentiras. Es perceptible con un caminar pausado y tranquilo, al igual que con uno rítmico y acelerado. La gente luce las mejores falsedades, y se avalan entre sí. Te queda pintado, se dicen. Ya no es cuestión de esconderlas. Llenarse de patrañas se convirtió en un saber común. Se dicen: vos mentís, yo miento, todos lo sabemos, nadie dice nada.

Ya no los culpo tanto. ¡Si hasta el modelo supuestamente supremo calza los cuentos más cuentos de todos! ¡Si hasta en las vidrieras los maniquís visten a mucha honra engaños! Y estas prendas nada tienen de importado. Totalmente nacionales, elaboradas enteramente en casita. Aunque con muy poca atención y para nada perfectas: de lejos pueden ser convicentes y bonitas, pero sólo basta mirarlas un poquito más de cerca para ver las fallas, es decir, lo infundamentadas que las prendas son.

Todo esto es un enredo, entre ropas y mentiras, entre habladurías y moda, entre hipocresía y prenditas de segunda mano. Sólo quería ser un poco sutil. Y para dejar todo un poco más en claro: no miento pero tampoco digo nada. Voy desnuda. Pero ya me voy a vestir, ya voy a hablar. Muy distinta a todos, sí. Sólo estoy esperando a encontrar ese modelito que me quede pintado.

5.11.10

Azucar, flores y muchos colores

Escribí, escribí, escribí, hablé, pensé, charlé, grité, lloré, me quejé. Los critiqué, los sufrí año a año, de a épocas, de a meses. Les regalé lágrimas. Los hice dar vueltas por mi cabeza, buscando soluciones, maquinando posibles respuestas, tratando de entenderlos. Los intenté llenar de todas las formas. Me esforcé por buscarlos de manera física, por encontrar el lugar en donde yacían y se encargaban de absorberme. Los odié por sobretodas las cosas. A los vacíos. Al invierno interno, a lo hueco del alma. A esa nada que me desgastaba. A ese agujero negro que se encargó de desvelarme buscando una salida.

Y como siempre, la respuesta llegó sola.

No era cuestión de llenar un hueco, si no de endulzar lo que estaba. Seguramente cueste entenderlo, pero yo lo entendí muy bien. No van a aparecer conceptos y cosas nuevas que llenen ese vacío. Es cuestión de positivizar lo que está. De hacerlo sonreir, de hacer que le duela la panza de tanto reirse. De que muestre los dientes a la par que yo. Un sobrecito de azucar y ya todo cambia de color. El azucar engorda, lo lindo de mi alma también lo hace y ocupa el agujero negro. Un rato después es como si nunca hubiera estado. Me estoy riendo como loca, al lado del mar, comiendo unas galletitas y tomando chocolatada. Endulzada en todos los sentidos.

Cuando todo brilla, cuando el fuego está más naranja que nunca, cuando las flores se ponen de mil colores, cuando los ojos emanan algo diferente, cuando la arena en las zapatillas te hace cosquillas y cuando un bombo te resuena en los oídos a la par de unos gritos y una buena ducha; cuando pasa eso, cuando te pase, vení y contame que sos feliz. Como yo lo fui. Como yo lo soy. Porque sí, porque van a necesitar un menos más grande que Rusia para ponerme en negativo.

25.10.10

Y tu ciudad se llenará de humo

El 24 de enero etiqueté "deslices revolucionarios", y fue la última vez. Tuve un año poco revolucionado. Sometida al sistema. No me queda otra, siento. Sentía. Niña escolar, que estudia, que quiere que le vaya bien, que se exige, que está bastante sometida a su superyó. Tal vez demasiado, se dice, me digo. Por eso es que mis deslices revolucionarios y mis pequeñas revoluciones no son con el sistema, no son como está de moda que sea. Son de otro tipo. Son, capaz, revoluciones de mí misma y de lo que se supone que tengo que ser. De lo que tal vez otros esperan de mí. Pares, quizás, algún que otro mayor. Pero mis rebeliones no son de las típicas. Quizás eso también haga coherente a ésta etiqueta.

Sin embargo tuve unos diez meses -me asusta el número- sin ellos. Tenía ganas de escribirlos, pero no aparecían. Tengo alguno que otro, un poco berreta, guardado en borradores, pero que me daba verguenza conmigo misma escribirlo acá. Era como forzar una existencia. Mentirles, mentirme.

Y ahora acá estoy. En un período en el que me siento muy así. En el que lo que a otros aflige, a mí me da risa. No, no es que soy cruel y me río de desgracias ajenas. Me río de mambos pelotudos. Me río de las peleas idiotas, de la mala voluntad de las personas, de la necesidad de sobresalir, de las ganas de mostrarse de una forma totalmente diferente a la que uno se supone que es. Carcajeo de las caras de orto permanentes, de los revolucionarios que se muestran en contra el sistema y en realidad son diez mil veces peores que yo, de los que fingen saber y en realidad no saben nada, de los que se quieren mostrar buenos con todo el mundo pero se les nota la serpiente. Disfruto situaciones que un tiempo atrás me habrían angustiado. Ya no voy a llorar por eso, por él, por ellos. Ahora voy a reírme. No voy a esquivarlo, esquivarlos. Voy a ir a buscarlos yo para tener otro buen momento. Porque sí, porque aprendí a tranformar lo malo en bueno, la mierda en arcoiris.

Me río, por ahí, para no llorar. Pero me río. Elijo reirme. Me río de lo que sería para llorar. Me río y me nutro de eso. Lo miro desde afuera. Ahora y para ésto, me gusta ser espectadora.