porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar

7.4.14

Abril

Calamaro se los olvidó en el placard. Fito insiste en destacar su hermosura y su compañía; mientras que Luis Alberto eligió contar sobre su luna, y pedirle que lo lleve. Charly y Nito se centraron en su lluvia, como quién invoca algo a quien nadie le presta atención para allí sí encontrar el aprendizaje que les faltaba en otros lados. Sabina (que lo guardaba en un cajón) se pregunta quién carajo se lo robó.

También podemos pasar a otro nivel y hablar de que Chano necesita 300 años de terapia para poder dejarlo pasar, mientras que Chuky de Smitten se centra en el 23 y en un perfume. Fue en él, también, que los tipos de Maná dicen que intentaron trasladar a Penelope al manicomio. Y A Reik le duele ese en el que la vio por primera vez.

Quizás sea por eso que no escribo canciones, porque a mí nunca me dio nada. Siempre me acuerdo cuando, algunos abriles atrás, Michelle me hizo notar la importancia que le daban las canciones. Que a mí no me diera algo en especial me hizo sentir más mediocre, sumado a que al Otoño lo pongo en un lugar de "nada" que aumenta la sensación de vacío y aburrimiento. Pisá una hoja seca: escuchá el ruido. Mirala, tocala, olela (claro, no tiene olor). Me vas a entender.

Pero de repente se me ocurrió algo, mientras escribía esto (que, como siempre, empecé sin idea de cómo lo voy a concluir, incluso a sabiendas de la gran posibilidad existente de que termine borrando todo -chance que aún existe-). Quizás a Calamaro, a Luís, a Charly, a Nito, a Sabina y al resto; también los aburría la nada de algún abril pasado, y por eso se lo olvidaron en el placard, o les pareció sumamente bello un poco de tranquilidad, o de tanto vacío se detuvieron a mirar la luna, o la lluvia; o en serio se les fue sin nada a tal punto de sentir que se los robaron.

O, tal vez, simplemente la palabra tiene una linda fonética y les soluciona un obstáculo a la hora de componer. Pero a mí me gusta, siempre, quedarme con las otras justificaciones. Por las dudas, no pregunto.

6.4.14

Obtuso

1. Entonces me bajé del colectivo, después de divertirme preguntando banalidades a dos pibes y que un rastafari sentado al lado me dijera antes de bajarse "lee Nietzsche". Quise entenderle la razón de ser de ese comentario, y a mi decena de preguntas necesarias para que tuviera los huevos hippies para decirlo, me respondió: "porque estás hablando boludeces y te vendría bien". Lo dijo una milésima de segundo antes de bajarse, como quien roba un celular para salir corriendo, venderlo y darle de comer a sus pibes, o quizás para comprar más falopa.

Entonces mi desahogo sólo pude hacerlo con los dos pibes que hacían de oyentes en mi in-intencional show de stand-up. "Pobrecito, no entiende que todos somos una mezcla de profundidad y superficialidades: el que todo el tiempo habla y piensa en serio es más idiota que el que no para de decir boludeces. Y además de boludo es un careta, porque esas tonterías las tiene adentro y niega su exteriorización porque elige quedar como quien recomienda leer Nietzsche en vez de cagarse de risa sin preocuparse porque un rastafari le pueda llegar a recomendar, con superioridad, leer a Nietzsche".

2. Después de mi descargo, y de continuar con esa sarta de estupideces, me bajé. Vi a lo lejos venir a un señor canoso, con rulos, despeinado; responsable de un caminar con un grado de alcohol posiblemente más alto que su perversión (eso supuse). Dobló para donde yo iba, y esas dos cuadras que me separan de Gaona me generaron cierta sospecha, cierta persecución, cierta inseguridad. Perdón, vivo en Buenos Aires, y sin ponerme en un trillado lugar político, tengo que reconocer algunas verdades de quien camina estas calles a estas horas y con algún factor perseguidor encima.

Miré para atrás con los ojos sin mover la cabeza. Le puse más firmeza a mis pasos de los que en realidad tenía. "No te metas conmigo porque se pudre todo, guacho, soy la capa de Flores", traté de transmitir con mi caminar. Pero en esa cabeza borracha se pasaba una película que no tenía nada que ver con lo que la sala de cine de mi cabeza estaba proyectando.

En realidad no lo sé. Pero en los últimos diez pasos me animé a deducir que quizás atrás de esos rulos canosos y borrachos estaba un hombre vacío. Lo había visto quedarse parado en un edificio: obvio me encargué de pensar que estaba esperando a ver a dónde iba yo para seguirme. Pero, ¿y si estaba esperando que bajara la mujer por la que entregaría los sesos? ¿Y si salió de trabajar y aunque estaba muy cansado eligió irse a un bar barato para después poder dar pasos borrachos en busca de esa mujer que él está seguro que le corresponde pero la realidad le niega? ¿Y si mañana no se va a acordar de estos pasos borrachos porque le averguenzaría reconocer que no puede superar a la tipa y que todavía el alcohol le desnuda las entrañas, aclamando que no se olvidó un carajo?

3. Mi cabeza tiene millones de ángulos y se comporta como una calesita, pero, ¿por suerte? nadie tiene la ¿suerte? de ser un robot; y aunque en barrios y plazas distintas, todos nacimos girando en la búsqueda de una sortija y probablemente nunca la terminemos de encontrar.

30.3.14

Moneda

Son las siete y media de la mañana y voy por las mismas calles que caminaba hace aproximadamente ocho horas, pero en el sentido contrario. No sólo ahora hay luz, también tengo el maquillaje corrido, me duelen los pies y mi paso es algo zigzagueante. Saludo al de la estación de servicio, ya me conocen, siempre tan siete y media de la mañana, sola, cantando y zigzagueante. 

Es la misma vereda, el mismo asfalto, los mismos árboles, y sólo pasaron algunas horas, ¿por qué me siento tan diferente? ¿Por qué antes estaba tan "hoy me como el mundo" y ahora vuelvo con más hambre que cuando me fui? ¿Qué buscaba que no encontré? Sale mis yo más despampanante y vuelve una versión mía modesta, insignificante, cabizbaja. No me daría cuenta si no estuviera caminando los mismos pasos que hace un rato, pero acá estoy, solo que al revés, ahora hacia casa, al caparazón; para dormirme, despertar, y ya ni tan cabizbaja ni tan despampanante sentarme frente a la computadora y plasmar esta sarta de estupideces que los dedos escriben sin preguntar. 

13.3.14

A veces me imagino tu cara en la multitud

Flasheo que te cruzo en calles que jamás estarías. La escena está buena, apenas nos miramos, ninguno dice nada, vos vas en auto y yo caminando. Nos quedamos con la sensación de que no tiene nada que ver que nos hayamos visto, que vos no tenías que estar ahí pero justo pasaste, justo también yo, en ese momento; y a vos se te ocurrió mirar para el lado que a mí también. La mejor parte, en realidad, es la escena siguiente: cada uno maquinando con lo que le generó, preguntándose por el destino, por las energías, por la casualidad, habiendo visto al otro más lindo o más feo, más gordo o más flaco, más feliz o más infeliz; sin saber qué nos alegra más de todas esas opciones.

Flasheo, también, que te cruzo cerca de tu casa. Es raro: camino por ahí con esa sensación de "tranquilamente podríamos encontrarnos ahora mismo". Pero nunca pasa. Es tan factible, que no sucede. A veces termino pensando que hay más probabilidades de que te vea en La Quiaca aunque ninguno de los dos vaya a ir nunca. Más de una vez forzamos encuentros "casuales" y terminaron sin darse. Supongo que nada de todas las cosas que pueden unirnos son suficientemente fuertes como para lograrlo.
No tenemos ganas, ya. 
El destino parece decirnos a gritos que no tenemos nada que ver.
A la casualidad no le pinta, tampoco, ni siquiera como para marearnos un poco.
Ni siquiera nuestro instinto, lo más animal (que fue lo último que compartimos y lo primero que nos traicionó desde nuestro "chau para siempre"). 

Flasheo que te cruzo, supongo, porque me olvidé de vos no en el sentido típico "ya no te amo" sino que no me acuerdo tu manera de hablar, de moverte, de reirte, de enojarte. Y menos que menos tu modo de hablarme, moverme, hacerme reir y enojarte conmigo. No me preocupa, sólo me inquieta. Por eso flasheo que te cruzo. Y porque me gustan las escenas de novela, aunque sean sólo en mi cabeza, en el Barrio de Flores, y esté de segura de que si se dan en la realidad serían más lejanas a una telenovela que Garfield cortando una porción chiquita y comiendo todo el resto de la lasaña.

-y digo que ya no te necesito-

4.3.14

Domingo

Me duele el domingo pero es martes. Siempre odié ese lugar común de adjudicarle a un día de la semana un estado de ánimo, un nivel de ganas, un grado de (in)felicidad. Y mirá cómo caí ahí, en ese exacto lugar, pero a mí manera, porque hoy no es domingo, hoy es martes.

Me duele mucho el domingo, no solo un poquito. Una vez dije que lo malo del único día de la semana que tiene nombre de persona es que uno se replantea la vida. Si estás bien con vos, el domingo no te duele nada. Al contrario. Algunas veces me pasó y fue porque estaba distraída, riendo, pateando una pelota, charlando con mi abuelo, dejandome chupar la cara por mi perra.

Me duele demasiado el domingo porque no me duele lo suficiente como para poder llorarlo. Lo tengo atorado en la garganta, sacandome la voz y las ganas. Es que lo que más me lastima es que no hay nada concreto que me esté lastimando, es no poder ponerle un nombre, o quizás no asumir el que tiene por definición: domingo.

Adjudicarle la pena a un día es de cobarde, de cagón, de flojito. No es el domingo, sos vos.

Soy yo.