Acababa de discutir con papá y mamá por algún motivo sin demasiada importancia, estaba muy de mal humor. Iba a salir a la noche y tenía pocas ganas, estaba hablando por celular con Nacho. Daba vueltas por la casa, por el living, por el pasillo, por la cocina, otra vez por el pasillo y de vuelta al living. Estando ahí veo que alguien queda del otro lado de la puerta, pero no toca timbre. Me acuerdo de el presentimiento que había tenido unas horas antes de "hoy llega", aunque papá y mamá me lo negaron. Algo se movía entre las manos del señor/señora, no llegaba a distinguir. Entonces me volví a la cocina.
Mamá y papá se fueron los dos al living. Me quedé en la cocina. "Creo que llegó, Cami", le dije a mi hermana. "¿Qué?". Nos asomamos desde la ventana de la cocina. Y ahí estaba. Un señor, una señora, mamá, papá, y quien ahora descansa atrás mío tan dulcemente. Pampa.
Cami se quedó en su cuarto y a mí se me empezaron a caer las lágrimas (no entendía por qué). De repente, justo la canción que escuchaba decía
"unos mueren, otros nacen, y este corazón renace". Brandy. Lloré más. Pensé que alguna vez hace muchos años, así estaba llegando Brandy a mi familia. Y yo todavía no existía. Y ahí estaba Pampa, por
llenar un vacío en una familia, pero nunca, nunca reemplazar.
Mamá y papá hablaban en el living con los dueños y Pampa, que todavía no era Pampa, daba vueltas por ahí. Mamá vino a la cocina y me preguntó por qué lloraba. Noté en su cara esa expresión de felicidad que pone cuando hace algo que nos satisface a nosotras. Esa cara de felicidad ella porque yo voy a estar feliz. Me llena.

Cami me preguntó "¿por Brandy?". Le dije que sí y me dijo que ella también se había angustiado. Al rato mamá trajo a Pampa por el pasillo y su ternura, simpatía, juventud, sus cuarenta pícaros días me llevaron a dejar de llorar y acordarme de que éste momento lo estaba esperando hace tiempo.
Hoy estuvo medio insoportable, no deja de morder todo, diarios, los escalones de madera, mi pie, mi pantufla, las manos... Pero no puedo dejar de hacerle mimitos, darle besos y jugar con ella. Me desperté con su llanto, todavía le da miedo estar sola, y me quedé con ella dos horas seguidas. Jugamos, nos peleamos, charlamos (si hay gente que le habla a las plantas, ¿por qué yo no puedo hablarle a Pampa?), se durmió, se despertó, tomó mucha agua, me comió la pantufla y traté de retarla aunque me salió pésimo.
Es color chocolate, color café, color tierra. Sus ojos todavía no podemos darnos cuenta. A simple vista parecen marrones, pero puedo jurar que son verdosos. Verla dormir y sentir cómo respira me relaja. La contradicción entre la imágen de cafeína que puede darme su color y la paz que da verla dormir es casi shockeante. No puedo dejar de mirarla. Realmente me está haciendo bien esto de tener a alguien como Pampa. Pampi.
(No hace falta aclarar que, Brandy, seguís
a h í, como dije aquel día, te fuiste pero no fuiste. Sos y serás, en mí por lo menos, para siempre)