porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar

8.11.14

Dejalo así

No podíamos. No daba. No estaba bien. Pero venía acumulando ganas desde hacía muchísimo tiempo, y no era calentura, era mucho más que eso. La incluía, obvio, me moría de ganas de conocerle el cuerpo con los ojos, con las manos, con la boca; pero además tenía ganas de saberle las dudas, las flaquezas, las fragilidades; esas que ese hombre adulto y duro jamás exteriorizaba. Me gustaba todo lo que sabía de él, lo que veía, lo que me enteraba, lo que suponía, lo que imaginaba. Quería conocer más para terminar de enamorarme. O empezar.

Necesitaba dos instancias. Primero un mesa de un bar, con una cerveza que después fueran dos, o tres, y una charla hasta desnudarnos con palabras. Segundo, una cama. Sin un orden determinado. Sin embargo, entendía que él sabía que no correspondía. Ninguna de las dos cosas. Porque una, fuera la que fuera por la que empezáramos, iba a llevar a la otra. Y tal vez una sola de ellas no hubiera implicado una complicación, pero sí las dos, porque de ese combo no es fácil volver.

Igual, yo no quería volver. No en ese entonces. Pero, como siempre, tenía miedo de mí, miedo de ese miedo a cuando todo sale bien. Porque ahí es cuando yo empiezo a salir mal. 

28.10.14

Gustar en silencio

Me quedo.
Disfruto de tu mano correctamente atrevida en mi cintura, de tu mirada de reojo (o más bien de la mía que sueña con que hay una tuya en paralelo), de la duda de si esta semana te veré o no (porque podría preguntarte pero elijo esa intriga). De callarme porque temo a tu desaprobación, de vestirme solo para que me veas aunque tal vez ni me mires o quizás ni te cruce. De suspirar en voz alta para transmitirte no-sé-qué, de esperar a que crucemos miradas y hablemos en silencio.
Disfruto de callar, de no decirte nada, de no inquirir, tampoco. Porque este mundito queda hermoso en mi cabeza y prefiero que viva ahí como nuestro antes de que muera allá afuera como solamente mío.

13.9.14

Ruido a viento

Vivo en una casa. Me ponés un balcón, me escondés al sol y te encargás de que mis oídos escuchen música de esa que me mueve, y estoy en las nubes. (Literalmente más cerca de ellas que de costumbre). Ni siquiera necesito una noche ideal. Hoy no se ven estrellas ni la luna. Pero igual. No sé qué tanto de este paisaje me pone introspectiva. Si lo pienso, son edificios, calles, autos, luces... nada muy poético. Sin embargo, me dieron ganas de escribir. Escribirte. 

Escuchá una cosa que te voy a decir.
Lo que más odio de nuestra historia no es que haya terminado. Tal vez porque no siento que eso haya pasado realmente. Lo que me rompe la cabeza es pensar que lo tuvimos ahí, que nos tiraron un pase al medio del área con el arquero en cualquier lado y no la metimos. Que nos chocamos la cabeza, o nos desconcentramos, o alguno la pateó para cualquier lado.
No nos enamoramos. No, y no me digas que sí, porque no. Nos quisimos, mucho, sí, pero nunca llegamos a amarnos de verdad. Por más te amos que nos hayamos regalado. Y digo "regalado" porque era eso, para hacer sentir bien al otro y, obvio, también elevarnos nosotros. Porque amar es hermoso y creer que amás también mientras no te tropezás con la verdad.
Pero no, no nos amamos. Porque los que se aman meten el gol. Después, tal vez, pierden el partido; pero hacen bailar a la red de un pelotazo. Si me preguntás por qué, no tengo idea. O sí, vos no sos para mí y yo tampoco para vos. Siempre lo supimos, en verdad. Pero nos gustábamos. Y nos queríamos. Y pensamos que esa cuenta daba amor. Linda confusión. De vuelta: hasta que caímos. 
Nos caemos juntos y nos levantamos solos. Desde siempre y ¿para siempre?. Todavía me acuerdo de ese día que te dije "Creemos que es un chau definitivo, sufrimos, nos acostumbramos a no tenernos, creemos que no nos vamos a ver nunca más, nos volvemos a ver... ¿va a ser así toda la vida?", y me respondiste con un tan simple como complejo "sí". Nos caemos juntos y nos levantamos solos. 

Ahora ya sé por qué esto me hizo pensar, y en vos, y en escribirte. Porque somos una noche nublada de Palermo. Porque es mediocre como nosotros. Porque no llueve, pero tampoco es que se ven las estrellas. Porque no hay mucha gente caminando por la calle, pero sí algo de movimiento porque es sábado. Porque los autos no van ni apurados como un lunes a las 8 de la mañana, ni relajados como un domingo a las 5 de la tarde. Porque si contara la cantidad de ventanas iluminadas en todos los edificios y las que están a oscuras, el número sería igual. Porque siempre fuimos gris, el intermedio, el ni fu ni fa. 

Y, también, porque hay ese ruido a viento que me suena a soledad. 

19.8.14

De historias sin final

El peor nudo en la garganta que sentí me lo desataron con un beso. Jamás había sentido tan física una angustia. Era un algo espantoso en el pecho que no se iba con nada. Con los ojos le pedí a unos labios que se acercaran a los míos y aunque hasta entonces eso no había pasado nunca, lo entendieron a la perfección. Jamás me lo hubiera imaginado, pero fue instantáneo. La sensación desapareció al instante, pero surgió otra: un quilombo indescriptible en la cabeza. "¿Qué carajo hicimos?". Llanto. Juan leyó en mí un arrepentimiento y se fue, sin decirme nada.

Desde entonces los nudos fueron cosa de casi todas las semanas. Él ya no me los curaba, sino que me los generaba. No puedo desligar "amor" de conceptos como "quilombo", "peleas", "angustia". Para mí van de la mano. Lo experimenté de esa forma y ahora pienso que una relación con todo correcto sería muy aburrida.
- Nunca tendríamos que haber estado juntos.
- Bueno, Lu, pero ya estuvimos. Ya está. - me respondía, y me besaba, como recordándome lo que me pasaba con él y por qué estaba bien que fueramos "algo".

"Algo". Siempre me molestó no poder ponerle un título. Las cosas sin nombre nunca empiezan y, por ende, jamás terminan. Al día de hoy sigue esa nebulosa, esos encuentros esporádicos que evidencian lo mierda que es todo lo otro que no lo incluye. Porque estoy bien sin él. Pero con él estoy mejor. Porque me gusta la manera en la que me mira... y no lo digo solo por sus ojos, sino por quién ve él en mí.

"No te enamoraste de mí sino de ti cuando estás conmigo", dice el gil de Arjona. Y tal vez sí, pero ¿quién dice que el amor no es eso? Me gusta quien soy al lado suyo. No hay cosa más hermosa que alguien te pueda hacer sentir así.

11.8.14

Especial X

No sos responsable de ninguno de mis desvelos, ni de mis lágrimas cuando suena un tema en particular en el iPod, ni de mis escritos, ni de mis malhumores. Es más, casi nunca te pienso. Pasaste en mi vida totalmente inadvertido y el día de mañana no vas a ser una historia que le cuente a mis hijos; pero acá estoy, dedicandote unos renglones, quizás de lo único de lo que seas responsable sobre mi persona.

Es que no tenés nada que ver con un extremo, y uno se desvela, llora, escribe y se malhumorea por extremos. Es eso, lo "nuestro" (las comillas son necesarias pero de todas formas me parece grotesco decir "nuestro") fue tan mediocre que a veces me pregunto si existió tal cosa o nomás fue ausencia-de. Dudo acerca de si fue algo que nunca empezó, o le falta un cierre. O quizás es simplemente así, ¿por qué esperamos que todas las historias y romances y amoríos sean redondos? Aún en las imperfecciones que les permitimos, pretendemos que sean perfectos, con principio y fin; claros, precisos. Y no.

Pero ahí estás, siempre volvés de alguna manera. Sos esa cosa que tengo pendiente; eso que me falta conocer. Esa duda, esas ganas de enojarme con motivo. De poder pensarte sin sentir que estoy flasheando. De concretar; y no lo digo por las ganas de palpar tus promesas, sino por poder escuchar tus melodías y pensarlas para mí.

Es que para mí fui distinta. A las mujeres nos encanta pensar eso, que fuimos especiales para el otro, no necesariamente amadas, sino diferentes: que los dejamos pensando, que los atontamos, que no nos pudieron entender, que fuimos locas, que nos atrevimos, que no nos cabió una. Me quedo con esa idea, lo que tal vez hace más triste que para vos haya sido absolutamente nada.

Ser una loquita suelta se siente mejor que ser una normal suelta. Y, por suerte, no necesito confirmar nada. O sí, me encantaría, pero sabiendo de tus mañas, jamás me harías saber si te moví más de un cuarto de pelo. 

Vos sí que sos especial... eso seguro. El problema es que lo sabés.