porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar

4.9.12

El disfraz de escritor

Una mesa en el medio, donde yacía un cenicero que rebalsaba de colillas de cigarrillos fumados casi hasta el filtro, algunos con las marcas rojas por mis labios (generalmente a medio despintar), otros de esa marca de cigarrillos que sólo él fumaba y que tiempo después me encontré comprando intentando inconscientemente de volver a esos jueves de cervezas e historias.
Cervezas e historias. Noches eternas me pasé fumando el tabaco que él fumaba y cuestionándome cuál de las dos cosas era generadora de la particularidad de la otra. A veces recién al tercer o cuarto vaso comenzaba entusiasmarme en sus relatos, otras estaban tan perfectamente armados desde el "hola, qué tal tu semana?" que la lucidez de los cuentos me incitaban a un fondo, y a otro, y a otro más, y así sucesivamente, por lo que la secuencia causa-efecto entre el alcohol y las cautivadoras narraciones se tornaba difícil de organizar.
Difícil olvidar ese último jueves que nos vimos. Yo había llegado un poco más tarde que de costumbre, no tenía por qué, como la mayoría de las veces en las que las mujeres llegamos tarde. Él, sin embargo, llegó todavía un rato más adentrada la noche. Se sentó, me empujó nerviosa y torpemente por debajo de la mesa con sus rodillas, se disculpó por eso y por llegar unos minutos demorado, y pidió una cerveza. Había algo raro en su forma de mirar, de hablar, de sentarse, de agarrar el vaso y de fumar sus cigarrillos. No quise preguntar. A los escritores no hay que preguntarles cosas, si no dejarlos hablar.
Como estaba más callado que de costumbre, decidí soltar mi lengua. Poco sabía él de mí. Le conté de Mauro; le expliqué la historia que me cautivó durante todo un año con millones de idas y vueltas en solo diez minutos. No era para mí eso de narrar. Al darme cuenta que nuestros jueves eran así de especiales por él y sus fabulosos relatos, y que yo no tenía nada que hacer al lado de ellos, cerré la boca y con mi silencio lo obligué a hablar.
A medida que me iba contando lo que acababa de sucederle, se iba relajando, empezaba a sonreír, perdía los nervios, dejaba de chocarme con las rodillas y la segunda botella se iba acabando. Pero yo escuchaba distinto, ya no tan ansiosa y entretenida en aquello que contaba. Como nunca antes ningún otro jueves.
Nunca fumé tantos cigarrillos como esa noche. Aprendí a amarlo en cuestión de pocas horas. En la simpleza de ese nuevo relato, estaba la sencillez de su ser y lo único que necesitaba para enamorarme. Estaba hablando con Lucas, y ya no con el protagonista de las historias de Lucas. El escritor puede ser interesante, divertido, intrigante, y puede generar ganas de escucharlo todo el tiempo, pero yo recién pude enamorarme de la persona.
Lucas persona nunca más quiso verme. Se sintió invadido, ya no estaba leyendo sus cuentos si no leyendolo a él, y para él yo nunca fui más que una oyente, una prueba de los efectos de su excelente habilidad para narrar e inventar historias. Algunos jueves todavía me siento en esa mesa de ese bar, me fumo sus cigarrillos, me tomo una cerveza y lo pienso. Ahora soy yo la que inventa las historias, historias que él nunca me contó porque el protagonista era su verdadera esencia. Sólo espero que alguien quiera escucharlas. Quizás él. Quizás no.

5 comentarios:

  1. Algunas personas no aceptan que se los cambie de situación, y pasar de oyente a lector, de ser escuchado a ser leído, tal vez no sea muy fácil para algunos...

    Suerte!

    J.

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  2. muy piola lo que escribís, me dan ganas de volver a escribir de nuevo... cuando saques el libro avisame, que compro!!

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  3. Vivimos comodos soportando el rol que nos da la cotidianeidad, esto lo sufren los intransigentes porque a nadie le gusta que puedan ver su escencia y aquellos pueden escapar a la monotonía del tiempo y vivir el momento buscando ser felices. Me encanta leerte.

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  4. Anónimo16:53

    increible, sin palabras, sos grosa en serio nati

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Yo deslizo, tu deslizas, él desliza, ellos deslizan, nosotros deslizamos, vosotros deslizáis.