porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar

7.9.20

Como un film toda mi vida

Tengo una filosofía con el sueño. No sé cuándo la adopté, supongo que un día en el que me di cuenta lo horrible y evitable de ese pseudo-sufrimiento de estar quedándote dormido y esforzarte por mantener los ojos abiertos. Notar a los párpados como lentamente se ponen pesados; percatarse de que ese microsegundo de "ojos cerrados" natural de pestañear, se va volviendo cada vez más largo, hasta que en un momento se transforma en dos, tres segundos; quizás diez o más (ya no sabés bien). Pero ahí estás, haciendo fuerza por que permanezcan abiertos. A veces te das cuenta como hasta tu mente cedió un poquito al "más allá" de dormirse. Y volver a la película, resulta sumamente desagradable hasta para tu cabeza. Ah, eso, porque casi siempre pasa mirando una película.

Un día decidí que no valía para nada la pena. ¿Para qué seguir sufriendo? La puedo ver mañana, o pasado, o tal vez nunca; pero no pienso pasarla mal. La peli no es tan buena, y aunque lo fuera, si la voy a padecer, mejor verla en otro momento. La secuencia se complica un poco cuando estás acompañado. Al otro, quizás enchufadísimo, le jode un montón que abandones. Porque o lo obligás a frenar (yo siempre hago esto, ¿acaso no era un plan juntos?) o no sé, a la gente le molesta. Debo admitir que cuando es así, me esfuerzo un poquitito más. Quizás es recién al quinto pestañeo largo que aviso. Porque aviso, eso sí: quedarme dormida sin decir nada me parece una traición. Además de que no quiero que me interrumpan en mi dulce entrega al más allá. 

Si hablamos de obstáculos para esta filosofía, el cine lo fue por mucho tiempo para mí. Realmente nos vestimos, perfumamos, subimos al auto, pagamos una entrada y armamos toda una movida para venir acá a ver una película. ¿Cómo me voy a dormir? Bueno, después de otra vez medir pros y contras, decidí también entregarme aún en una sala de cine. Al día de hoy, en mis últimos años, debo tener más películas no terminadas que terminadas. Algunos podrán horrorizarse, pero es mi filosofía. La vida ya tiene muchas instancias de sufrimiento que no podemos controlar, yo voy a evitar todas aquellas que sí pueda.

Los que me conocen, casi nunca quieren ver películas conmigo. Tampoco me preocupa. Es hasta mejor: si aceptan ponerle play a algún título de Netflix en mi compañía, son todavía menos las explicaciones que tengo que dar cuando me quiero dormir. "Ya sabés cómo soy", digo, y escondo un tácito "y me querés así".  Hay cosas peores, ¿no?

Pero toda regla tiene su excepción. 

Una vez amé tanto que no me quería dormir. Que quería estar en esa cama y en ese abrazo presente y sintiendo sin que ninguna otra dimensión me arrastrara, por más cansada que estuviera. No quería desperdiciar ni un segundo de esa infinitud. Mi pecho física, química y sentimentalmente conectado con ese otro pecho eran mejor que cualquier película del mundo, esa sí que no daba pausar. Sobretodo porque sabía que si me dormía, lo que restaba era despertarme, despedirme, y ¿quién sabía cuándo iba a ser la próxima vez? 

Por suerte, siempre en algún momento el sueño me venció. Y digo "por suerte" porque ojalá nunca te pase quedarte despierto y darte cuenta que el final llega igual. Que es inevitable. Que no hace falta dormirse para que se termine. Que no es necesario viajar a otra dimensión y volver para que en algún momento salga el sol. Y el sol representa cosas lindas la mayoría de las veces, pero en esta clase de amores esporádicos, es más malo que Cruela de Vil. Y la luna, es el colchón, el vino, la música de fondo y la mejor cupido de todas. 

Ninguna peli vale tanto la pena, como la propia. Y menos si es nuestra y es de amor.

1.9.20

1 de septiembre

Leo en Twitter que hablan de un mes nuevo, del siguiente al que venimos. Me pasó en abril, en mayo, en junio, en julio, en agosto; por eso no hablo de ninguno puntual. Empiezan los chistes típicos: saludar a abril, indignarse con la gente que saluda a abril, decir que mayo pasó rápido, pedirle a junio que traiga cosas buenas, joder con que julio también va a ser una mierda, decir "Agosto con A de Amor" o "Aguante el vino" para los más anti; y septiembre, que siempre viene con los detractores de setiembre sin "p", entre los cuales sin ninguna duda me incluyo. ¿Tanto se ahorran sacando una "p”? ¿En qué van a invertir ese microsegundo que ganaron? Espero que sea algo valioso porque a mí me quitó 3 años de vida.

Entonces, decía, veo el revuelo típico de "nuevo mes" pero hay algo en mí que se niega a creer que ya arrancó; por eso cierro las aplicaciones y miro el calendario del celular: 1 de algo. No sé por qué ese cambio pega, porque a fin de cuentas es simplemente un día más, como pasó del 29 al 30 o del 30 al 31. Pero a mí algo me pasa. Porque suspiro.

No sé por qué, sólo sé que suspiro. Quizás sea un poco de miedo o tal vez sólo asombro. Aunque hoy, después de tanta cosa (¿se pusieron a pensar que estando encerrados y sin que pase "nada", en el fondo y en el alma nunca nos pasaron tantas cosas?) entiendo o creo entender un poco más a ese suspiro, que se me escapaba cada primero de algo pero nunca me había puesto a cuestionar.

Me enojo conmigo y con el tiempo: ¿cómo ya septiembre y no me curé lo suficiente? Es la noción de que allá afuera siguen pasando cosas y quizás acá adentro el rítmo es otro. Quizás estoy todavía en julio o en abril o tal vez en 1874. Porque si no fuera por los meses y los días; nadie podría juzgar o medir o comparar. Pero ya es septiembre, o ya fue agosto, o julio, o marzo. Y deberías estar de tal o cual forma. O haciendo tal otra. 

Pero no todo es un bajón, porque me avivé en septiembre, que es primavera, flores y colores. Porque se respira infinitud en el aire. Porque arrancan los días cada vez más largos y más lindos, porque hacía muchas primaveras que no sentía tanto la sensación de "todo puede pasar" como ahora. Creo que a veces nos olvidamos de lo hermosa que es la libertad de no sentirse tan afortunado. Quiero decir: el que mucho tiene, acotó sus posibilidades. Su futuro está más o menos encarrilado. Y lo felicitamos y nos alegramos por su prosperidad. Pero para los que sentimos que nos falta alguna pata de la mesa, o varias, quizás tantas que a veces ni siquiera parece una mesa: no nos olvidemos que podemos armar, con esa misma mesa, si queremos, una casita. O tirar la mesa por la ventana y armar lo que se nos cante el orto. El futuro es infinito y es nuestro. 

En invierno también, pero bueno, yo siempre me acuerdo en los septiembres que me agarran soltera.

20.8.20

Chau bici

11 de marzo de 2019

Ramiro:

aunque a tus ojos no hago nada, todos los días te extraño. Me encuentro diciendo que te quiero y que te amo. Dos sentimientos que creía que eran similares y sólo tenían un orden jerárquico que los diferenciaba, y hoy me sorprendo de notar que pueden ser dos cosas completamente distintas y, a la vez, coexistir. Te quiero como persona, hasta desde lejos; te quiero por lo que fuimos y por lo que aprendí. Te quiero por quién sos. Y te amo por quiénes somos. Te amo cuando te imagino cerca, te amo enroscada en tu cuerpo y sintiendo que somos nuestros, yo mía y tuya, y vos tuyo y mío, tan amalgamados que no sabemos bien dónde arranca uno y dónde el otro y ni siquiera podemos encajarnos los pronombres porque somos la misma cosa. Éramos.

Te re pienso. Todos los días y varias veces. Pero no hago nada, ya no. ¿Sabés por qué? Porque ya hice, e hice tanto. Y descubrí que yo sola no podía elegir que todo se resolviera, que no dependía únicamente de mí y que evidentemente vos no tenías ganas. Pero sí había una cosa que podía decidir yo, una sola: irme. Entonces por primera vez agarré el manubrio de esta bici fallada de fábrica, y doblé. 

Por primera vez desde que empezamos a pedalear juntos siento que mi destino también es mío. Y me siento fuerte así. Yéndome. Ya no soy una banderita que se mueve según cómo la soples. Soy mi propio viento. Y ahora que tiré la bici y empecé a caminar, a hacer dedo, a surfear sin olas en el medio de la ciudad, ya no estoy segura de extrañarte. El "te amo" se me va despegando como esas remeras con estampas baratas después de un par de metidas en el lavarropas. El "te quiero" me queda, y me siento orgullosa de que así sea. 

Hay algo que me asusta, y no es andar sola por Buenos Aires, ni correr las calles, ni los bondis, las motos o los camiones que estoy aprendiendo a manejar. Me da miedo olvidarme de cómo se anda en bici. Aunque, quién te dice, quizás mi próximo chico venga en forma de cuatriciclo o de OVNI. ¿No le encanta a la gente decir eso de que ningún amor es igual que el anterior?

Te quiero.

Martina.

9.8.20

Empate

Todos queremos ganar los partidos. En la cancha y en el amor, donde es extrañamente hermoso, porque cuando un partido se gana, no hay perdedor. Los goles en un arco se festejan y los goles en el otro, también; o quizás más bien los mejores encuentros son cuando hay un sólo arco, y sin arquero, y los dos equipos meten muchos goles terminando así un fantástico 89 a 0. 

Perder es horrible, porque ganar se gana de a dos, pero perder se pierde sólo, más allá de cómo termine el otro. Ya mucho no importa. Y se llora, se sufre, se lamenta. Ya sabemos lo que hay que hacer en los fracasos. Ya sabemos cómo se siente. Mucho y feo, pero lo tenemos aprendido, y lo más importante, sabemos que en algún momento pasa. Como todo, como siempre.

No así en los empates. Por eso los odio, en el fútbol y en la vida. Porque tienen gusto a nada. A poco, a no resuelto. Porque no sabemos cuánto dura la incertidumbre de un post empate. Porque así de insulsa como es, de imperceptible y neutra, deja ese sabor insípido durante mucho tiempo. Porque abre mil preguntas, porque nos enseñaron a perder y a ganar, pero nadie nos dijo qué hacer cuando no hay goles. Porque lo dije toda mi vida, aburrirse es peor que romperse.

Es que muchas veces los finales son derrotas, pero casi nunca nada termina definitivamente ahí. Porque después aparecen esporádicamente los encuentros y las charlas políticamente correctas, esos 0 a 0 que al terminar te sugieren que era mejor no jugar ese partido, no por doloroso, sino por evitable. No hacía falta, no porque duela, justamente, ya ni siquiera duele. Sino por ese gusto a nada que te viene a recordar hace cuánto que no jugás un partido como la gente. 

Vos y yo somos un clásico que llenó mil estadios pero que hoy se hace sin público y ni los futbolistas tienen ganas de jugar. Es momento de aceptarlo: ya no somos un clásico. Cambiamos de liga o de deporte, pero ya no hay show. Y claro, ya sabés cómo es la cosa para mí: show o nada, mi amor. 

29.7.20

El último beso

Esta vez Ramiro le ayudó a juntar sus pertenencias. Cuando Martina se percató, el enojo se transformó en dolor, así, en un segundo. No era como las otras veces, que ella metía la crema en la mochila y él iba y la sacaba. Tampoco miraba triste desde el sillón. Ahora le guardaba las cosas. "No te olvides el perfume", "acá está tu pijamita", "¿los botines de hockey los habías dejado acá?". Esta vez era en serio. Y ella se arrepintió de tantos amagues, tantos berrinches, tantos falsos finales. Ni siquiera habían servido de práctica. Esto era un hachazo en la mitad del alma.

A cada paso, Martina imaginaba un posible arrepentimiento; en cada cosita que él metía en una bolsa, cuando ella pidió el auto, cuando el taxista tocó el timbre, cuando esperaban el ascensor, cuando bajaban, cuando salían por la puerta. Ya había pasado muchas veces, quizás ésta sólo se estaba haciendo esperar. Ella lo veía en su cabeza. Él le iba a decir que la amaba, que está bien, que lo intenten de vuelta. Que perdón. E iban a vaciar las bolsas, cancelar el taxi, tener un par de días raros y volver a la "normalidad". Pero no estaba pasando, y fue con la puerta del coche abierta y todas las cosas ya en el baúl del auto, que comprendió que no iba a pasar.

Ramiro, con los ojos más tristes del mundo, la agarró despacio del cuello y se acercó para darle un beso en la boca. Martina se aproximó también, hasta casi tocarse los labios, pero al final retrocedió. Llena de mocos y de lágrimas, lo único que pudo decir fue: "cada beso más que me das es un beso más que me va a doler después". Pocas cosas tenía claras, pero de eso estaba segura. ¿De qué le servía ese beso cargado de tristeza, de chau, de mucho "nunca más"? No iba a disfrutarlo sabiendo que era el último. Y era una cuchillada más en el corazón a curar después. Un recuerdo más de la sensación de esa boca con la suya que iba a tener que olvidar, sumado a los otros mil millones. 

No se lo dio. Miento si digo que ya había entendido que esta vez no era como las anteriores. Esperó el mensaje arriba del taxi, lo esperó cuando llegó a su casa, lo esperó toda esa semana, ese invierno, ese año. Algunos cuentan que todavía lo espera. También dicen que ese día, cuando Ramiro le juntaba las cosas, entre las cremas, los pijamas y los botines, le devolvió su corazón. Claro, ella se lo había entregado, hacía mucho, casi sin querer. Se rumorea que estaba todo roto, despedazado; casi en migas, y que ya era mucho más un gris que un rojo. 

Algunos hasta se atreven a decir que Martina nunca lo sacó de la bolsa, 
y que al día de hoy 
no sabe dónde está.
El estante de las bolsas de bolsas siempre es un incordio.