Todos queremos ganar los partidos. En la cancha y en el amor, donde es extrañamente hermoso, porque cuando un partido se gana, no hay perdedor. Los goles en un arco se festejan y los goles en el otro, también; o quizás más bien los mejores encuentros son cuando hay un sólo arco, y sin arquero, y los dos equipos meten muchos goles terminando así un fantástico 89 a 0.
Perder es horrible, porque ganar se gana de a dos, pero perder se pierde sólo, más allá de cómo termine el otro. Ya mucho no importa. Y se llora, se sufre, se lamenta. Ya sabemos lo que hay que hacer en los fracasos. Ya sabemos cómo se siente. Mucho y feo, pero lo tenemos aprendido, y lo más importante, sabemos que en algún momento pasa. Como todo, como siempre.
No así en los empates. Por eso los odio, en el fútbol y en la vida. Porque tienen gusto a nada. A poco, a no resuelto. Porque no sabemos cuánto dura la incertidumbre de un post empate. Porque así de insulsa como es, de imperceptible y neutra, deja ese sabor insípido durante mucho tiempo. Porque abre mil preguntas, porque nos enseñaron a perder y a ganar, pero nadie nos dijo qué hacer cuando no hay goles. Porque lo dije toda mi vida, aburrirse es peor que romperse.
Es que muchas veces los finales son derrotas, pero casi nunca nada termina definitivamente ahí. Porque después aparecen esporádicamente los encuentros y las charlas políticamente correctas, esos 0 a 0 que al terminar te sugieren que era mejor no jugar ese partido, no por doloroso, sino por evitable. No hacía falta, no porque duela, justamente, ya ni siquiera duele. Sino por ese gusto a nada que te viene a recordar hace cuánto que no jugás un partido como la gente.
Vos y yo somos un clásico que llenó mil estadios pero que hoy se hace sin público y ni los futbolistas tienen ganas de jugar. Es momento de aceptarlo: ya no somos un clásico. Cambiamos de liga o de deporte, pero ya no hay show. Y claro, ya sabés cómo es la cosa para mí: show o nada, mi amor.