Si todas esas caídas me llevaron a descubrir que tengo quien me ponga hielo en el chichón mientras me hace reir y me caga a pedos por no mirar el piso mientras corro
Si todos los para siempres que me dijeron y me tuve que meter en el orto, hacen que hoy entienda que no hace falta marco temporal para los sentimientos infinitos y que con ellas me siento poderosa sin mirar el reloj...
Me caigo a propósito
Que me vuelvan a mentir
Porque hoy no hay caída ni mentira que me encuentre tan perdida y sola.
Porque tengo a mis amigas.
Porque siento que tienen mi alma desnuda en sus manos y que me aman íntegra y completamente.
Porque es uno de los pocos lugares donde no escondo nada.
Porque conocí la empatía más profunda de alegrarme tanto por algo ajeno hasta llegar a confundirlo como propio.
Porque sé que mis alegrías ya no son mías, son nuestras.
Y porque hoy siento que no creo que exista pena tan grande como para voltearme.
Porque entre tanta mugre, gente que lastima, que abandona, que no le importa; gente que juega, que entra y que sale como si fuésemos puertas giratorias; entre tanta superficialidad y liviandad, entre tanta inestabilidad y fugacidad...
Mis amigas son ese lugar seguro y atemporalmente eterno que sé que permanecerá constante aunque todo siga cambiando. Lo quieto en el medio del caos. Donde sé que sigo estando aunque física y fácticamente no esté.
Las celebro siempre, desde hace un tiempo, que me desperté. Después de los golpes, y las caídas, y los errores. Hoy en las redes y quizás con algún mensajito extra, pero no me canso de decirles que las amo y que gracias.
porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar
20.7.20
15.7.20
El amague
Hace casi 2 meses que me nutro de imágenes en sepia o sin color, como en las series cuando hay un flashback. "Me nutro" es una forma de decir, porque en realidad me les escapo. Me la pasé evitando todo tipo de estímulo que me llevara ahí. E igual, todo me daba a viejo. A cáduco. A muerto. A olvido.
Tengo miedo. Estoy a punto de generar un recuerdo nuevo. A punto de volver a verte, a vernos, pero vívidos, de color, con mucha saturación; como siempre te gustó editar las fotos. Siempre antes. Ahora ya no sé bien cómo sos ni qué filtro usás en Instagram.
Tengo miedo porque de fallar, va a ser un recuerdo más en sepia para desgarrarme después. Para romperme. Algo más que me atasque. Una página nueva que borrar, y ni siquiera sé si voy a poder, porque me estoy cansando de pasarle la goma a este cuaderno y que no desaparezca ni una palabrita.
Suena el timbre. Me late el corazón como nunca. Pensé que eso de que se acelerara por amor era una mentira de las novelas y las canciones. Cuento hasta 100 a ver si esto que me explota adentro se calma, y te abro. Pongo en el grupo de whatsapp de mis amigas que llegaste. Escribo mal como si estuviera borracha. Si fuéramos los de antes, te pondría la mano en mi pecho para que veas cómo está. Te reirías. Me dirías que estoy loca y me darías un beso. Pero ahora tengo que fingir. 98, 99, 100.
"¿Quién es?"
Continuará...
O no.
Aunque no te importe:
cuentos
7.7.20
Los bares de Palermo
Cuna de la noche, cada bar es una historia. Todos ellos. Lo descubrí hace no tanto, andando en bici, cuando se podía. No sé cómo hice, porque no soy sommelier de vinos ni cervezas ni inspectora de antros nocturnos; tampoco armé una planificación para recorrer todos los locales de la noche como hobbie ni para escribir la columna semanal de alguna revista. Serán mis ya casi 10 años de beber, salir y sentarme en esas banquetas incomodas de la mayoría de los pubs, supongo.
Empecé a hacer este ejercicio para entretenerme mientras andaba, por algún motivo, sin los auriculares puestos. O quizás solamente para invocar mi pasado, refrescarlo y así darle unos años más de vida. Hasta encontrar un deporte nuevo y renovarlos de vuelta. Es que no quiero que se vayan. Ningún recuerdo ni ninguna historia, pero menos los teñidos por la noche, el humo y el alcohol. Es que para mí tienen un tinte distinto. Tal vez (y me di cuenta en el tercer bar que uní a su respectiva anécdota) porque siempre me perfumé, vestí y maquillé creyendo que esa noche me iba a cambiar el destino. Ninguna lo hizo. Y en el fondo, menos mal. Sería raro que un Antares a las 3:34 de la mañana te desvíe veintialgo de años yendo a alguna parte.
Pero aún así, entendiendo que la vida es muchísimo más que unas cervezas en un bar de mala muerte; puedo hacer un boceto clarísimo de mis 26 años con solo unir mis borracheras. Por más que haya salidas insignificantes, al pasar por cada uno de estos lugares, con sólo invocar una foto nunca sacada de esa noche, yo veo mucho más. Primero llega lo anecdótico, lo puntual: a Camila casi le pegan una piña por defenderme de la loca que me quería abrir la puerta del baño. La primera cita con el pibe que me hizo llorar porque yo no quería coger. La vez que un chabón le regaló a Micaela un poema y una rosa. La previa en la que ninguno de los chicos que nos invitó, nos vino a hablar. El día que nos robamos la manija de una puerta. Cuando dijimos que era el cumple de Flor para que nos regalen un champagne, y nos lo trajeron, pero después nos lo cobraron. Podría seguir hasta mañana.
Después del título, de lo ganchero, de lo especial (el día que una noche no tenga algo especial, voy a dejar de salir), llega, como una nube de esas que se mueven rápido después de una alta tormenta, todo mi yo de ese entonces. Enseguida sé qué me pasaba, qué no, con qué soñaba, quién me gustaba, qué sentía, qué me dolía, qué me mambeaba. A mí los bares me cuentan historias. Mías.
Nada tangible, todo en mi memoria y en la de mis amigas, que casi siempre se acuerdan más que yo. Ahora pienso, habrá sido por eso que una noche quise escribir la puerta de un baño. Mi nombre, otro nombre, un corazón. Parece muy infantil, pero con 5 fernets encima y sonando alguna canción algo trash, se sentía más rockero. Lo duro fue cuando tiempo después volví y me encontré con esa inscripción, pero ya no de una realidad, sino de un pasado que todavía dolía. Ahí lo entendí a la perfección: nunca hay que dejar nada propio en un bar. Hay que llevarse todo. Recuerdos, anécdotas, amor, y hasta la manija de un baño si querés. Pero ojo con olvidarte algo ahí porque un día volvés siendo otro y el bar sigue siendo el mismo.
Tantos científicos y filósofos queriendo entender la medida del tiempo, y ahí estaba, re fácil, re a la vista; en los bares de Palermo. Mirá vos.
Empecé a hacer este ejercicio para entretenerme mientras andaba, por algún motivo, sin los auriculares puestos. O quizás solamente para invocar mi pasado, refrescarlo y así darle unos años más de vida. Hasta encontrar un deporte nuevo y renovarlos de vuelta. Es que no quiero que se vayan. Ningún recuerdo ni ninguna historia, pero menos los teñidos por la noche, el humo y el alcohol. Es que para mí tienen un tinte distinto. Tal vez (y me di cuenta en el tercer bar que uní a su respectiva anécdota) porque siempre me perfumé, vestí y maquillé creyendo que esa noche me iba a cambiar el destino. Ninguna lo hizo. Y en el fondo, menos mal. Sería raro que un Antares a las 3:34 de la mañana te desvíe veintialgo de años yendo a alguna parte.
Pero aún así, entendiendo que la vida es muchísimo más que unas cervezas en un bar de mala muerte; puedo hacer un boceto clarísimo de mis 26 años con solo unir mis borracheras. Por más que haya salidas insignificantes, al pasar por cada uno de estos lugares, con sólo invocar una foto nunca sacada de esa noche, yo veo mucho más. Primero llega lo anecdótico, lo puntual: a Camila casi le pegan una piña por defenderme de la loca que me quería abrir la puerta del baño. La primera cita con el pibe que me hizo llorar porque yo no quería coger. La vez que un chabón le regaló a Micaela un poema y una rosa. La previa en la que ninguno de los chicos que nos invitó, nos vino a hablar. El día que nos robamos la manija de una puerta. Cuando dijimos que era el cumple de Flor para que nos regalen un champagne, y nos lo trajeron, pero después nos lo cobraron. Podría seguir hasta mañana.
Después del título, de lo ganchero, de lo especial (el día que una noche no tenga algo especial, voy a dejar de salir), llega, como una nube de esas que se mueven rápido después de una alta tormenta, todo mi yo de ese entonces. Enseguida sé qué me pasaba, qué no, con qué soñaba, quién me gustaba, qué sentía, qué me dolía, qué me mambeaba. A mí los bares me cuentan historias. Mías.
Nada tangible, todo en mi memoria y en la de mis amigas, que casi siempre se acuerdan más que yo. Ahora pienso, habrá sido por eso que una noche quise escribir la puerta de un baño. Mi nombre, otro nombre, un corazón. Parece muy infantil, pero con 5 fernets encima y sonando alguna canción algo trash, se sentía más rockero. Lo duro fue cuando tiempo después volví y me encontré con esa inscripción, pero ya no de una realidad, sino de un pasado que todavía dolía. Ahí lo entendí a la perfección: nunca hay que dejar nada propio en un bar. Hay que llevarse todo. Recuerdos, anécdotas, amor, y hasta la manija de un baño si querés. Pero ojo con olvidarte algo ahí porque un día volvés siendo otro y el bar sigue siendo el mismo.
Tantos científicos y filósofos queriendo entender la medida del tiempo, y ahí estaba, re fácil, re a la vista; en los bares de Palermo. Mirá vos.
Aunque no te importe:
deslices analíticos
31.3.20
Cuarentena
Me entusiasmé cuando todos empezaron a decir que encerrados y solos no nos iba a quedar otra que encontrarnos con nosotros mismos. Primero, porque suena muy Casi Ángeles, obvio. Y segundo, porque creo que me vendría bien un par de revelaciones, de caída de fichas, de redescubrimientos propios y abrazos a mí misma al conocerlos. Es la oportunidad perfecta para saludar una parte nuestra que desconocíamos y enamorarnos de ella, y por ende, de nosotros. O cruzarnos con un fantasma del pasado y matarlo, o al menos divisarlo para salir a pelearle en algún momento.
Fichas. Postas. Verdades. Con dolor o con risas, pero resoluciones. Tiene sentido. Pero es mentira.
Es mentira porque estamos viviendo una irrealidad. Nunca viví otra cuarentena mundial, no cómo se siente que toda la sociedad tenga que encerrarse por un virus super contagioso. Nunca estuve tanto tiempo sola en casa. Nunca estuve tanto tiempo haciendo una misma cosa. No sé si estoy bien o mal. Sé que estoy. No sé cómo sería pasar una cuarentena "bien" ni cómo sería pasarla "mal". Nunca me pasó y nunca me lo imaginé. La paso. Tacho días. Estoy constantemente en una neutralidad casi asfixiante. Pero nada grave. Normal. Porque como dije, no sé cómo sería pasarla mal. Nomás me siento así: rara, desconocida, en una que jamás viví y probablemente jamás viva de vuelta.
No puedo concluir nada porque no tengo un contexto de normalidad para entender lo que me pasa o lo que siento. Todo huele a eso: a extrañeza, a que no tiene mucho sentido estar haciendo lo que estoy haciendo pero "no me queda otra". No le doy valor a casi nada de lo que siento o pienso, porque todo está bajo ese temple de singularidad y anormalidad. Creo, en cada idea o cada percepción, que nada de eso va a tener sentido cuando volvamos a la vida real. Como cuando pensás algo fumado que te parece brillante y unas horas después no le encontrás nada interesante.
Se me ocurre, tal vez, que la ficha va a caer el día que volvamos a la calle. Que estamos procesando muchas cosas sin poder apalabrarlas ni interpretarlas, pero que nos vamos a dar cuenta cuando todo esto se termine. Estoy ansiosa. No por triste, menos por demasiado feliz; más que nada por curiosa y aburrida. Porque si hay algo que estamos, es aburridos. Y nada mejor para un aburrido que un cambio de paradigma.
Aunque no te importe:
deslices de facto
18.3.20
Las chicas del 2020
Digo por todos lados que tengo ganas de vos y me las estoy metiendo en el orto, pero si supieras, mi amor, que las pibitas de esta década no tenemos ni idea de cómo se hace eso.
No nos guardamos nada. Preferimos quedar para la mierda, pero no con la duda. Si nos quedamos quietas es porque lo que tenemos por delante ya no nos complace. No nos interesa. No nos sirve.
Si tuviéramos ganas, mi vida, lo haríamos. Me tendrías ahí. Nos tendrían en esa llamada, ese whatsapp, o en la puerta de sus casas, como se hacía en los años de nuestros viejos. Estamos acá, y si creen que nos estamos comiendo los dedos: no se confundan. Las chicas del 2020 no nos comemos los dedos por nada. No pensamos en nada más que en lo que queremos. Que hoy, es a nosotras mismas.
Si tuviera ganas, estaría ahí. Nunca me importó la dignidad, el qué dirán; nunca me importó que no me quieran. Siempre igual lo intenté, siempre salí a buscar, siempre "me regalé", siempre hice lo que quise. No creas que me estoy muriendo de ganas. Si estoy quieta es porque quiero. Y porque lo que ofrecés, ya de verdad no me interesa.
Si no me tendrías ahí. Y estoy acá.
Con lo que me quedó. Pero acá.
Y con menos dientes, pero sonrío más que antes.
Aunque no te importe:
deslices analíticos
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