porque no está mal que terminen las historias mientras haya historias que contar

8.4.13

La misa, un paréntesis en la cotidianeidad

Si los cuatro evangelios que posan sobre el techo dorado pudieran ver y hablar, dirían que en la misa de Jueves Santo, la Basílica de San Carlos Borromeo y María Auxiliadora está repleta de cabezas canosas, un par rubias, morochas y castañas, y otras pocas particularmente más pequeñas, que se mueven inquietas.

Al entrar al templo, la mayoría se persigna, tal vez para invocar a Dios y así despojarse de la furia de la ciudad. Creyente o no, el clima de fe y devoción es innegable. Como si tras hacer el gesto de la cruz, al apoyar la rodilla sobre el piso o amagar con hacerlo, o previa sumersión de su mano derecha en agua bendita sobre la estatua de un ángel; la interioridad de la persona fuera otra. Como si ese mismo que insultó al taxista que le corrió el espejo del auto quedara puertas afuera, y ahora estuviera en su lugar un enamorado de la paz eterna.

Las cabecitas intranquilas son de niños cuyas madres o abuelas tironean de las manos para que no alteren la velada. También hay bebés, cuyos esporádicos llantos acompañan, de a momentos, el discurso del cura, que pide gloria para Jesús, y que recen, canten, se paren, se sienten. Por momentos los chistidos de los mayores son más fuertes que las intervenciones de los infantes. Un chico de 7 se espanta al ver que el sacerdote le lava y besa los pies a una anciana. Una nena de 5 años no entiende por qué una chica la saluda y le dice “que la paz esté contigo”, si ella está en paz, si se está portando bien. 

Algunos van a buscar su hostia, y todos salen a la calle. Los viejos, los adultos, los bajitos. Parece como si otra vez hubieran recuperado al que dejaron afuera. Algunos prenden un cigarrillo. Una mujer está lista para subir la ventanilla del auto si le vienen a pedir una moneda, aunque minutos antes rezaba por el prójimo y la misericordia. Un niño puede preguntar (depende de qué) sin ser chistado. Una señora mayor puede volver a lavarse los pies, sola. La misa terminó.

4.4.13

Escribir es como vivir

La felicidad íntegra en un presente es una utopía, siempre lo pensé, por más desalentador que suene. Yo me encargué de convertirlo en positivo: ese camino, hacia ella, es mágico, es la vida, y creo que intentando ser feliz en el trayecto, se puede ser feliz de todas formas, por más que ella como "perfecta" y "completa" esté en el horizonte; y como bien dijo Galeano, se aleje a medida que yo me acerco.

Con escribir me pasa algo similar. Es una expresión de aquello que entiendo que pasa en grandes términos. Tengo una idea, un pensamiento, un sentimiento; me muero de ansiedad por pasarlo a palabras. Entonces empiezo a redactar, pero la hoja en blanco me inquieta, me incita a querer terminar, a poder cerrar ese sentimiento, respetando lo más posible cómo se me presentó a mí, esforzándome por no haberme extraviado en palabreríos y perdido en la intención.

Finalmente al texto lo termino. Y de repente, como si nada, aparece un vacío, como si esa búsqueda de perfección al ordenar las palabras hubiera sido un desasosiego que, sin darme cuenta, me generara bienestar; como si esa ansiedad me diera una satisfacción de ese tipo de la que sólo te das cuenta cuando quedó atrás.

También ya lo pensé alguna vez: el hombre feliz es aquel que aprende a disfrutar de los recuerdos habiendo matado la nostalgia. Pero, después, lo entendí bien: el hombre feliz es el que se da cuenta de que es feliz cuando lo está siendo, y no un rato después. Igual, siempre va a ser así: el hombre es un eterno buscador. Y qué bueno que así sea. Yo me aburriría, sino.

23.3.13

Hazte fama

Es un problema matemático. El llanto del bebé del 4to 'B' sumado a los gritos de "la loca del 1ro 'A'" dan una madre maltratadora de su hijito. Así le dice el del 2do 'G', porque justo una tarde cuando trataba de dormir la siesta escuchó al infante llorando y a la mujer, irritada en un tono muy alto. En cambio, una noche, los del 4to 'F' estaban haciendo el amor y se vieron distraídos (en el acto sexual, porque al amor no se lo puede distraer) por la voz elevada de la mujer del 1ro 'A', que discutía con un hombre. Ellos lo escucharon mejor: ella le decía que iba a seguir tomando las pastillas, que era demasiado joven para tener hijos. Él, casi violentamente (y los del 4to 'F' juran haber oído golpes), le respondía que ahora era el momento. La parejita feliz, desde entonces, la llama "la maltratada". Pero ellos no se salvan. "La loca" o "la maltratada" del 1ro 'A', que muchas veces se fastidió por haber escuchado sus gemidos (un poco molesta de más porque en ellos se distinguía amor, ese que le faltaba a su pareja, hubieran jurado los del 4to 'F'), los llama "el viejo verde y la nena", porque una vez vio entrar a la inquilina (de unos 20) con un hombre mayor. El matrimonio anciano del 2°D sabe que no es así, porque ese "viejo verde" en realidad no era más que uno de ellos, que iba a cobrarle el alquiler a la joven. A ellos, los del 3ro 'A' los tienen como unos buenísimos abuelos, porque por la ventana, el llanto del bebé del 4to 'B' se superpuso con la vieja hablando sola dormida, de una manera interpretable como "dulce", y justo el bebé se calló; sin embargo, la del 1ro 'F' los recuerda como "los jovies ortivas que no me abren cuando me olvido la llave"; y el fisura del 1ro 'G', no sabe que existen, aunque varias veces los abuelos lo miraron con mala cara por sentirle olor a marihuana, aunque no supieran bien cuál es; pero Nacho nunca se dio cuenta (estaba re loco).

En realidad, nadie sabe nada de nadie. Suman apariencias y obtienen verdades subjetivas. Es que en verdad, nada tiene de matemático. Las percepciones de las personas sobre otras, a nivel sociedad, pero potenciado en el micromundo que representa un simple edificio, presentan respuestas infinitas, variadas y a veces, hasta opuestas.

Bueno, no sé qué me hago la socióloga, mejor me voy a lo de Nacho a mirar por la ventana y hacer cuentas equivocadas. Lo clave es siempre estar dispuesto a cambiar el resultado.

16.3.13

Fumatela

Lo miré desde en frente, él estaba en el balcón, atrás del cartel amarillo que decía "alquiler temporario". En mayúscula. Con un número de teléfono debajo. La casa era antigua, como la mayoría de esa zona; la calle que me separaba de aquel hombre, de esas angostas pero muy transitadas, con muchos colectivos y gente. El reloj marcaba algo así como las diez. Yo estaba sentada en un umbral, con frío, de ese frío desubicado de verano que no te deja ponerte guantes porque te sentís más colgado todavía que la temperatura.

Lo vi justo en el momento que se prendió el cigarrillo. Ahí me percaté de su presencia, de todas formas recién salía del departamento hacia el balcón. Entre pitada y pitada no pasaba más de un segundo. En realidad menos. Era instantáneo. Seca, exhalación, seca, exhalación, y así, literalmente sin hueco temporal entre acción y acción, sin siquiera detenerse a mirar para abajo, o a suspirar aire puro, o a toser, o a tragar saliva. 

Mi conocimiento de ese hombre duró no más de 30 segundos. Exactamente lo mismo que lo que le duró el cigarrillo, porque apenas lo terminó, lo tiró a la calle y entró nuevamente a su departamento. Quizás adentro estaba la novia sentada en el sillón y un test de embarazo reposando en el baño. Capaz que era solamente "la que me cogí anoche". O tal vez estaba jugando el club de sus amores un partido clave. O puede que simplemente fuera un fumador compulsivo obsesivo demasiado adicto que siempre fuma así. Qué se yo. Nunca lo voy a saber, probablemente nunca más lo vea. Y tampoco me preocupa demasiado.

Termina otro cuento que no es un cuento. Sin cierre, ilógico, de esas historias que decís "¿y entonces? ¿cuando viene el suceso?". No hay hecho. No siempre hay hecho. A veces, simplemente no pasa nada, y hay que mirar un poco, callarse la boca, y no esperar que suceda algo, sino dejar a la nada, ser. Porque de repente, sin que te dieras cuenta, y aunque sea solo por ese momento, la nada, es todo. Un efímero todo.

11.3.13

Lo infinito

La eternidad es una sensación. Es un ratito. O un rato. Pero efímero, perecedero, fugaz, pasajero. Lo encantador aparece cuando parte de ese experimentar se arraiga bien; cuando si a la memoria se le ocurre retornar a ese momento "eterno", la sensación de ausencia de final reaparece intacta. Regresa de otra forma: ya no es una eternidad temporal, sino una eternidad perceptiva, sensible, pasional.

Vení, dale. Seamos eternos un ratito.